31 de julio de 2023

Corazones como piedras

Luego [a pesar de estos milagros] se endurecieron sus corazones como piedras, o más duros aún, porque de algunas piedras brotan ríos, otras se parten y pasa agua a través de ellas, y otras se derrumban por temor a Dios; pero [sabed que] Dios no está desatento de lo que hacéis.
 
 
Corán 2:74 (traducción de Isa García)

30 de julio de 2023

Evaluación: ¿cultura del cumplimiento o del aprendizaje?

Como parte de su función reguladora, la evaluación también modela los valores y creencias, priorizando unos sobre otros y actuando de currículo oculto. Por ejemplo, a veces encontramos situaciones en las que se utiliza la evaluación (y, en particular, la calificación) para regular ciertos comportamientos que un docente considera inapropiados: "Si os seguís portando mal, os pondré un examen". También se emplea como premio: "Si hacéis esto, tendréis una ventaja en el examen / os subo un punto". Los valores forman parte de los aprendizajes y la evaluación en sí misma también contribuye a fomentar algunos: es el caso de los puntos que se otorgan por asistir a clase en los niveles no obligatorios, por ejemplo, o cuando se califican cosas como el esfuerzo o el cumplimiento en la entrega de tareas, en lugar de los aprendizajes logrados y establecidos en los criterios de una materia. En estos casos la cultura dominante tiene más que ver con premiar (o castigar) el cumplimiento de ciertos comportamientos esperables que con los aprendizajes en sí mismos, pues realizar las cosas de una determinada manera o con un cierto esfuerzo no garantiza per se que se hayan logrado los aprendizajes marcados en los objetivos (aunque los facilitará si están bien diseñados, si son adecuados para el nivel de quien está aprendiendo y si se incluye evaluación formativa).

A menudo, a la hora de evaluar se mezclan los medios con los fines: sucede, por ejemplo, al calificar un cuaderno de trabajo en lugar de los aprendizajes logrados por el estudiante. En realidad, aquí se está empleando la evaluación como muestra de que la cultura predominante implica que lo que se premia es que el alumno cumpla lo que se le manda, independientemente de que haya logrado o no los aprendizajes de la materia. Cuando a un alumno se le aprueba una materia porque se ha esforzado mucho, aun sin alcanzar los objetivos, ¿cuál es el mensaje que estamos transmitiendo? Es muy parecido a cuando se baja la nota a otro porque, aunque muestre que sabe lo que se había pedido, no ha entregado los deberes, no viene a clase, presenta un comportamiento que consideramos inadecuado o lo ha logrado en la recuperación de la materia, en lugar de cuando tocaba. Prevalece la cultura del cumplimiento sobre la cultura del aprendizaje. Es como si, para la valorar la utilidad o estética de un edificio, nos fijáramos en el número de trabajadores que han intervenido, en el plazo en el que se ha construido o en el presupuesto ejecutado. Esforzarse, entregar los deberes y asistir a clase son cosas que, en principio, deberían contribuir a que el alumno logre los objetivos de aprendizaje. Pero solo son medios, ya que en el proceso de aprendizaje influyen de manera decisiva otros factores, como los conocimientos previos, la didáctica de la materia y, muy particularmente, la regulación del proceso a través de la evaluación formativa.


Mariana Morales y Juan Fernández, en La evolución formativa. Estrategias eficaces para regular el aprendizaje (SM, 2022)

29 de julio de 2023

Cuando contemplo el cielo

Cuando contemplo el cielo
de innumerables luces adornado
y miro hacia el suelo
de noche rodeado,
en sueño y en olvido sepultado,

el amor y la pena
despiertan en mi pecho un ansia ardiente;
despiden larga vena
los ojos hechos fuente,
Oloarte, y digo al fin con voz doliente:

"Morada de grandeza,
templo de claridad y hermosura,
el alma, que a tu alteza
nació, ¿qué desventura
la tiene en esta cárcel baja, escura?

¿Qué mortal desatino
de la verdad aleja así el sentido,
que, de tu bien divino
olvidado, perdido
sigue la vana sombra, el bien fingido?

El hombre está entregado
al sueño, de su suerte no cuidando,
y, con paso callado,
el cielo, vueltas dando,
las horas del vivir le va hurtando.

¡Oh, despertad, mortales!,
¡mirad con atención en vuestro daño!
Las almas inmortales,
hechas a bien tamaño,
¿podrán vivir de sombras y de engaño?

¡Ay, levantad los ojos
a aquesta celestial eterna esfera!,
burlaréis los antojos
de aquesa lisonjera
vida, con cuanto teme y cuanto espera.

¿Es más que un breve punto
el bajo y torpe suelo, comparado
con ese gran trasunto,
do vive mejorado
lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

Quien mira el gran concierto
de aquestos resplandores eternales,
su movimiento cierto,
sus pasos desiguales
y en proporción concorde tan iguales;

la luna cómo mueve
la plateada rueda, y va en pos della
la luz do el saber llueve,
y la graciosa estrella
de amor la sigue reluciente y bella;

[...]

¿quién es el que esto mira
y precia la bajeza de la tierra,
y no gime y suspira,
y rompe lo que encierra
el alma y destos bienes la destierra?

Aquí vive el contento,
aquí reina la paz; aquí, asentado
en rico y alto asiento,
está el Amor sagrado,
de glorias y deleites rodeado.

Inmensa hermosura
aquí se muestra toda, y resplandece
clarísima luz pura,
que jamás anochece;
eterna primavera aquí florece.

¡Oh, campos verdaderos!,
¡oh, prados con verdad frescos y amenos!,
¡riquísimos mineros!,
¡oh, deleitosos senos!,
¡repuestos valles de mil bienes llenos!".
 
 
Fray Luis de León (1527-1591)

27 de julio de 2023

Descaminado, enfermo, peregrino

Descaminado, enfermo, peregrino,
en tenebrosa noche, con pie incierto
la confusión pisando del desierto,
voces en vano dio, pasos sin tino.
 
Repetido latir, si no vecino,
distinto, oyó de can siempre despierto,
y en pastoral albergue mal cubierto,
piedad halló, si no halló camino.
 
Salió el sol, y entre armiños escondida,
soñolienta beldad con dulce saña
salteó al no bien sano pasajero.
 
Pagará el hospedaje con la vida;
más le valiera errar en la montaña
que morir de la suerte que yo muero.
 
 
Luis de Góngora (1561-1627)

24 de julio de 2023

Si dél para matarle no aprendiera

Yacen de un hombre en esta piedra dura
el cuerpo yermo y las cenizas frías:
médico fue, cuchillo de natura,
causa de todas las riquezas mías.

Y ahora cierro en honda sepultura
los miembros que rigió por largos días;
y aun con ser Muerte yo, no se la diera,
si dél para matarle no aprendiera.

 
📔 Francisco de Quevedo (1580-1645)

22 de julio de 2023

Mi sombra fue regalo a más de un sueño

Mi madre tuve entre ásperas montañas,
si inútil con la edad soy seco leño;
mi sombra fue regalo a más de un sueño,
supliendo al jornalero sus cabañas.

Del viento desprecié sonoras sañas,
y al encogido invierno el cano ceño,
hasta que a la segur, villano dueño
dio licencia de herirme las entrañas.

Al mar di remos, y a la patria fría
de los granizos velas; fui el primero
que acompañó del hombre la osadía.

¡Oh, amigo caminante! ¡Oh, pasajero!
¡Dile blandas palabras este día
al polvo de Jasón mi marinero!


Francisco de Quevedo (1580-1645)

21 de julio de 2023

Perlas de sabiduría: Francisco de Quevedo

[Con esta entrada presento las "Perlas de sabiduría", un nuevo formato de publicaciones que quiero introducir en el blog, dedicadas a antologar el buen juicio de diversos autores españoles y universales en breves recopilaciones de reflexiones y máximas extraídas de alguna de sus obras en concreto.]
 
Sobre la muerte
 
1. Dos cosas traes encargadas, hombre, cuando naces: de la naturaleza, la vida, y de la razón, la buena vida. Aquella primera te solicitan y acuerdan las necesidades del cuerpo, y esta postrera, los deseos del alma. Advierte que en lo necesario no contradice una a otra; antes, al vivir de aquella, añade esta que sea bien; solo son contrarias cuando la una quiere para vivir lo superfluo [...]. Debes, según esto, lo primero considerar, antes que uses destas dos cosas, para qué te fueron dadas; y tomar firmemente la opinión que dellas conviene. Y si lo miras, tu principal parte es el alma, que el cuerpo se te dio para navío desta navegación en que vas sujeto a que el viento dé con él en el bajío de la muerte. Y dántele como instrumento que sigue la condición de los demás que sirven a algún ministerio; pues cuando tú no lo gastes con el uso, él se consumirá con su propia composición, que encierra muerte y nació della. Dentro de tu propio cuerpo, por pequeño que te parece, peregrinas; y si no miras bien por dónde llevas tus deseos, te perderás dentro de tan pequeño vaso para siempre. Has de tratarle no como quien vive por él, que es necedad, ni como quien vive para él, que es delito, sino como quien no puede vivir sin él. Trátale como al criado: susténtale y vístele y mándale, que sería cosa fea que te mandase quien nació para servirte.

2. Vela eres; luz de la vela es la tuya, que va consumiendo lo mismo con que se alimenta y, cuanto más aprisa arde, más aprisa te acabarás.

3. ¿Cuál animal, por rudo que sea —escoge el más torpe—, es causa de sus desventuras, tristezas y enfermedades, sino el hombre? Y esto nace de que ni se conoce a sí ni sabe qué es su vida ni las causas della ni para qué nació. No te ensoberbezcas ni creas que fuiste criado para otro negocio que para usar bien de lo que te dio el que te crió. Vuelve los ojos, si piensas que eres algo, a lo que eras antes de nacer y hallarás que no eras, que es la última miseria. Mira que eres el que ha poco que no fuiste y el que, siendo, eres poco y el que de aquí a poco no serás; verás cómo tu vanidad se castiga y se da por vencida.
 
4. Querer tú vivir siempre fuera hacer agravio a los que murieron para que vinieses y a los que aguardan que te vayas para venir; que ella, llevando a unos, da lugar a otros; y así es ley, y no pena, la muerte.

5. Oído habrás decir muchas veces que no hay cosa más cierta que la muerte ni más incierta que el cuándo. Dígote que no hay cosa más cierta que el cuándo, pues no hay momento que no mueras, y que, de verdad, siempre está llegando este cuándo, que dices tú que no se sabe; y acertarás si dijeras que no se cree.
 
6. Apadrinado deste consuelo, vengo a decir a vuestra merced que su vida va acabando de ser muerte para empezar a ser vida.
 
7. [Al demonio] Tú me engañaste cuantas veces he creído que nací a vivir, pues, en naciendo, empecé la muerte; hoy no me engañarás, que espero que muero para nacer a la que solamente es vida.
 
8. Enemigo, no voy a la tierra de asiento sino de paso; la muerte me renueva, no me aniquila: sepulcro se llama la que tiene obras de cuna. [...], ¿y será estéril la tierra, que siempre y de todo es madre, que es el vientre de la naturaleza, de quien descienden todas las sucesiones de los elementos?
 
* * *
 
Sobre los bienes materiales

1. Todo lo crió Dios para que te sirviese —así lo dijo Él—, mas, como te dio razón con que entendieses, también te mandó juntamente que era para que le sirvieses tú con todo.

2. Ves largas rentas en tu vecino, gran cantidad de hacienda y posesiones, copia innumerable de oro y joyas; dime, ¿qué otra cosa es eso que desigual carga al que, aun desnudo, camina cargado de sí propio? Sin duda irá con poca comodidad, ajeno de descanso y temeroso. Veamos: este que lo tiene, ¿ha de pasarlo desta vida? No. ¿Puede gozarlo en esta? Tampoco, si no lo da a los que lo han menester, pues para eso lo tiene en depósito y administración. ¿Puede gastarlo en sustento y abrigo? No, que es mucho menos lo que ha menester. ¿Qué será, pues, desto que forzosamente ha de dejar? Gran locura es, siendo esto así, gastar la vida toda en juntar cosas para dejar con ella. [...] Dirás que tienes hijos y que los quieres aventajar. Doy que te afanas por dejallos más ricos; y estos, a tus nietos; y tus nietos, a los suyos. ¿Dónde ha de parar esto? Que todos dejan unos a otros y todos lo dejan acá.

3. De verdad, dice el pobre, ridículo me hace la pobreza, mas a ti te hace lamentable el dinero; que, desde que le tienes, andas inquieto con el pleito eterno sobre quién ha de ser dueño de quién; y al cabo, por tener al oro, le vienes a tener por señor. Tú le sirves, tú lo desentierras, tú le guardas, y él aun no te halla digno de algún agradecimiento, pues se apodera de las noches con el cuidado y del día, con la solicitud.
 
4. Digo cierto que no tendrás gusto ni contento hasta que todas tus cosas hagas comunes a tu sustento y a la necesidad de tu prójimo, hasta que conozcas el bien y la grandeza que se encierra en la limosna. Oficio de Dios es: Él te lo dio a ti, y tú lo das al otro. Tú eres para el pobre lo que Dios para ti. Y, en pago, es Dios para ti cada pobre [...]. Si te pide el pobre, no digas que le diste, sino que le pagaste; que el pobre que pide al rico lo que le falta y a él le sobra mandamiento trae, a cobrar viene. Y advierte que la limosna no solo tiene caridad y piedad, sino que merece el limosnero nombre de fiel, pues vuelve lo que le prestaron cuando se lo piden.
 
5. ¡Cuán grande parte del patrimonio de los pobres ha usurpado mi gula, tirano de su alimento; y mi avaricia, robadora de su caudal; y mi vanidad, causa de su desnudez; y mi lujuria, de su oprobio! ¿Qué sentido tengo, qué miembro que no tenga obligación de restituir a los pobres infinita hacienda? Por esto pido a Dios perdón, tanto de las limosnas que hice mal como de las que dejé de hacer bien.

* * *

Sobre el comportamiento moral

1. Mírate con atención y quizás acertarás a conocer tus disparates, que para que tú los abomines no les falta sino estar en otro.

2. De aquí debes colegir cuán agradecida cosa es amar a los enemigos que tú aborreces tanto. Y en realidad, de verdad, ni tú sabes cuál es tu amigo ni cuál es tu enemigo; antes, lo entiendes todo al revés: llamas amigo al que te presta para el juego, al que te acompaña en casa de la ramera, al que te divierte y entretiene, al que come y cena contigo, al que te hace espaldas y al que te alaba; y enemigo llamas al que, no haciendo nada desto, dice mal de ti y te reprehende y va a la mano en todo; siendo al revés: que este es amigo tuyo, pues es amigo de tu alma, que eres tú; y el otro es enemigo tuyo y amigo de tu hacienda, apetito y perdición. [...] Pues así debes entender que truecas los nombres y los oficios de las cosas.
 
3. Rigurosa y desabrida cosa fuera y llena de peligros, si te mandara vengar de tus enemigos, salir a medianoche o solo, cargado de armas o acompañado de amigos, acecharle y al cabo procurar su muerte. ¡Cuánto mejor es perdonarle, cosa que puedes hacer cenando y en tu casa y acostado y con todo tu descanso!

4. La ira es una breve locura y repentina, un olvido de la razón, y, si dura, un desprecio della, un afecto rebelde al entretenimiento y un motín de la sangre y una soberbia inconsiderada. Es una enfermedad del corazón [...]. ¿Qué hombre leerá esto que no tenga alguna queja della, que no llore alguna desgracia por su causa?
 
5. Vana cosa es querer tú que el otro no haga lo que quiere hacer, y más vana querer que no haya hecho lo que ya está hecho, que es lo que procura la ira ciegamente.

6. Si ves a uno lleno de enfermedades corporales, te compadeces y no te enojas. Dime: ¿por qué con aquel que tiene vicios y pecados, que son enfermedades del alma, te aíras y no te apiadas?

7. ¡Qué ocupadas están las universidades en enseñar retórica, dialéctica y lógica, todas artes para saber decir bien! ¡Y qué cosa tan culpable es que no haya cátedras de saber hacer bien, y donde se enseñe! Los maestros, según esto, enseñan lo que no saben, y los discípulos aprenden lo que no les importa, y, así, nadie hace lo que había de hacer. Y el tiempo mejor se pasa quejoso y mal gastado, y las canas hallan tan inocente el juicio como el primer cabello, y la vejez se conoce más en las enfermedades y arrugas que en el consejo y prudencia [...]. Sea pues tu estudio, ¡oh, hombre que deseas ser sabio!, para merecer este nombre, cerca de las cosas espirituales y eternas; trata con los afligidos y estudia con ellos; comunica a los solos; oye a los muertos, por quien hablan el escarmiento y el desengaño; ten por sospechosas tus alabanzas y cree apenas a tus sentidos; préciate de humano y misericordioso; conténtate con lo que tuvieres, y no de suerte que te aflijas si te faltare; oye a todos y sabrás más. Y en los libros imita lo bueno y guárdalo en la memoria; y lo que no te pareciere tal no lo repruebes: discúlpalo, si sabes; disimúlalo, si puedes.
 
Francisco de Quevedo, en La cuna y la sepultura y Doctrina para morir (1634)

15 de julio de 2023

No echó de sí mi oración

Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, y haced oír la voz de su alabanza.
Él es quien preservó la vida a nuestra alma, y no permitió que nuestros pies resbalasen.
Porque tú nos probaste, oh, Dios; nos ensayaste como se afina la plata.
Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga.
Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza; pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a abundancia.

[...]

Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.
A Él clamé con mi boca, y fue exaltado con mi lengua.
Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, Yavé no me habría escuchado.
Mas ciertamente me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica.
Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.


Salmos 66:8-12, 16-20 (Reina Valera 1960)

11 de julio de 2023

La granja de Meirás

La granja es toda rústica; ni piedra de armas tiene, porque la hizo quitar de la fachada un mi abuelo, liberal aforrado en masón, que era entonces el aforro más caliente del liberalismo. A la casa, baja e irregular aunque extensa, se la come la vegetación cubriéndola por todas partes. Al levantarme y abrir la ventana de mi dormitorio, veo un asunto de abanico de Watteau, tentador para un acuarelista: sobre el fondo del cielo que por lo regular tiene ese adorable tono de ceniza de cigarro caro que solo en el celaje gallego se observa —el inglés suele ser mas oscuro y frío— se desvanece como una gasa el follaje del árbol del amor, hibiscus para los botánicos, en trazos de un verde pálido salpicado de floricones rosa, que parecen la caricia y el jugueteo de caprichoso pincel encima de un paisaje lavado á suaves medias tintas. Si salgo a respirar el fresco después del trabajo, tengo a dos pasos el bosquete, cuyas calles pendientes y herbosas se abren entre grupos de arabas, paulonias, castaños de Indias y retamas fragantes. Poco más abajo, el surtidor del pilón de piedra, a media villa, desgrana gotitas sobre la tersa superficie, donde nada siempre alguna hoja amarillenta, despojo de los arbustos, o un barquito de muñecas, quilla arriba, naufragio producido por los combates de Trafalgar que Jaime no cesa de hacer desde que leyó los Episodios Nacionales. En el jardín, y alrededor del pilón, las magnolias entreabren su urna de alabastro, los granados su flor de rizo coral, y las enredaderas suben por el emparrado y trepan hasta las ventanas, entre cuyas vidrieras se estrangula a veces un tallo de fucsia o un sarmiento de pasionaria. Más allá el reguero de agua, orillado de frescos berros, va a perderse en el amplio declive que forma el prado, y el vasto circuito de la tapia es una cenefa de frutales, que está llamando por los golosos con sus perales y manzanos rendidos al peso de las pomas y sus abridores y duraznos que destilan ámbar. ¿Cómo no recordar al poeta contemplador, y repetir los tan sabidos versos?:
 
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido:
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y el cetro pone olvido.

Y lo de los mil olores no es hipérbole. En este huerto de la granja pienso que hay de todas las flores y plantas del mundo, desde el cedro hasta el hisopo: y en las noches serenas que tanto gustaban a fray Luís de León, cuando el cielo se tachona de innumerables luceros y el aire se sosiega y cesan todos los ruidos del campo, parece brotar del silencio misteriosa sinfonía de aromas, unos conocidos y vulgares: los de madreselvas, don diegos, heliótropo, azucena, alecrín, verbena, clavo, guisante de olor y rosa de Alejandría; otros exóticos, que recuerdan países orientales, comarcas de sol, salones alfombrados y bailes espléndidos: el ylang-ylang que desvanece, la gardenia aristocrática, la magnolia jaquecosa, la datura, que es un ánfora llena de esencia de nardo, el soñador heliótropo blanco, la pasiflora que vierte efluvios de miel, el caracolillo cubano que trasciende a vainilla, la rosa de té y la glicinia, de desmayado perfume, semejante a un vago recuerdo.
 
 
Emilia Pardo Bazán, en su prólogo para Los pazos de Ulloa (1886)