21 de julio de 2023

Perlas de sabiduría: Francisco de Quevedo

[Con esta entrada presento las "Perlas de sabiduría", un nuevo formato de publicaciones que quiero introducir en el blog, dedicadas a antologar el buen juicio de diversos autores españoles y universales en breves recopilaciones de reflexiones y máximas extraídas de alguna de sus obras en concreto.]
 
Sobre la muerte
 
1. Dos cosas traes encargadas, hombre, cuando naces: de la naturaleza, la vida, y de la razón, la buena vida. Aquella primera te solicitan y acuerdan las necesidades del cuerpo, y esta postrera, los deseos del alma. Advierte que en lo necesario no contradice una a otra; antes, al vivir de aquella, añade esta que sea bien; solo son contrarias cuando la una quiere para vivir lo superfluo [...]. Debes, según esto, lo primero considerar, antes que uses destas dos cosas, para qué te fueron dadas; y tomar firmemente la opinión que dellas conviene. Y si lo miras, tu principal parte es el alma, que el cuerpo se te dio para navío desta navegación en que vas sujeto a que el viento dé con él en el bajío de la muerte. Y dántele como instrumento que sigue la condición de los demás que sirven a algún ministerio; pues cuando tú no lo gastes con el uso, él se consumirá con su propia composición, que encierra muerte y nació della. Dentro de tu propio cuerpo, por pequeño que te parece, peregrinas; y si no miras bien por dónde llevas tus deseos, te perderás dentro de tan pequeño vaso para siempre. Has de tratarle no como quien vive por él, que es necedad, ni como quien vive para él, que es delito, sino como quien no puede vivir sin él. Trátale como al criado: susténtale y vístele y mándale, que sería cosa fea que te mandase quien nació para servirte.

2. Vela eres; luz de la vela es la tuya, que va consumiendo lo mismo con que se alimenta y, cuanto más aprisa arde, más aprisa te acabarás.

3. ¿Cuál animal, por rudo que sea —escoge el más torpe—, es causa de sus desventuras, tristezas y enfermedades, sino el hombre? Y esto nace de que ni se conoce a sí ni sabe qué es su vida ni las causas della ni para qué nació. No te ensoberbezcas ni creas que fuiste criado para otro negocio que para usar bien de lo que te dio el que te crió. Vuelve los ojos, si piensas que eres algo, a lo que eras antes de nacer y hallarás que no eras, que es la última miseria. Mira que eres el que ha poco que no fuiste y el que, siendo, eres poco y el que de aquí a poco no serás; verás cómo tu vanidad se castiga y se da por vencida.
 
4. Querer tú vivir siempre fuera hacer agravio a los que murieron para que vinieses y a los que aguardan que te vayas para venir; que ella, llevando a unos, da lugar a otros; y así es ley, y no pena, la muerte.

5. Oído habrás decir muchas veces que no hay cosa más cierta que la muerte ni más incierta que el cuándo. Dígote que no hay cosa más cierta que el cuándo, pues no hay momento que no mueras, y que, de verdad, siempre está llegando este cuándo, que dices tú que no se sabe; y acertarás si dijeras que no se cree.
 
6. Apadrinado deste consuelo, vengo a decir a vuestra merced que su vida va acabando de ser muerte para empezar a ser vida.
 
7. [Al demonio] Tú me engañaste cuantas veces he creído que nací a vivir, pues, en naciendo, empecé la muerte; hoy no me engañarás, que espero que muero para nacer a la que solamente es vida.
 
8. Enemigo, no voy a la tierra de asiento sino de paso; la muerte me renueva, no me aniquila: sepulcro se llama la que tiene obras de cuna. [...], ¿y será estéril la tierra, que siempre y de todo es madre, que es el vientre de la naturaleza, de quien descienden todas las sucesiones de los elementos?
 
* * *
 
Sobre los bienes materiales

1. Todo lo crió Dios para que te sirviese —así lo dijo Él—, mas, como te dio razón con que entendieses, también te mandó juntamente que era para que le sirvieses tú con todo.

2. Ves largas rentas en tu vecino, gran cantidad de hacienda y posesiones, copia innumerable de oro y joyas; dime, ¿qué otra cosa es eso que desigual carga al que, aun desnudo, camina cargado de sí propio? Sin duda irá con poca comodidad, ajeno de descanso y temeroso. Veamos: este que lo tiene, ¿ha de pasarlo desta vida? No. ¿Puede gozarlo en esta? Tampoco, si no lo da a los que lo han menester, pues para eso lo tiene en depósito y administración. ¿Puede gastarlo en sustento y abrigo? No, que es mucho menos lo que ha menester. ¿Qué será, pues, desto que forzosamente ha de dejar? Gran locura es, siendo esto así, gastar la vida toda en juntar cosas para dejar con ella. [...] Dirás que tienes hijos y que los quieres aventajar. Doy que te afanas por dejallos más ricos; y estos, a tus nietos; y tus nietos, a los suyos. ¿Dónde ha de parar esto? Que todos dejan unos a otros y todos lo dejan acá.

3. De verdad, dice el pobre, ridículo me hace la pobreza, mas a ti te hace lamentable el dinero; que, desde que le tienes, andas inquieto con el pleito eterno sobre quién ha de ser dueño de quién; y al cabo, por tener al oro, le vienes a tener por señor. Tú le sirves, tú lo desentierras, tú le guardas, y él aun no te halla digno de algún agradecimiento, pues se apodera de las noches con el cuidado y del día, con la solicitud.
 
4. Digo cierto que no tendrás gusto ni contento hasta que todas tus cosas hagas comunes a tu sustento y a la necesidad de tu prójimo, hasta que conozcas el bien y la grandeza que se encierra en la limosna. Oficio de Dios es: Él te lo dio a ti, y tú lo das al otro. Tú eres para el pobre lo que Dios para ti. Y, en pago, es Dios para ti cada pobre [...]. Si te pide el pobre, no digas que le diste, sino que le pagaste; que el pobre que pide al rico lo que le falta y a él le sobra mandamiento trae, a cobrar viene. Y advierte que la limosna no solo tiene caridad y piedad, sino que merece el limosnero nombre de fiel, pues vuelve lo que le prestaron cuando se lo piden.
 
5. ¡Cuán grande parte del patrimonio de los pobres ha usurpado mi gula, tirano de su alimento; y mi avaricia, robadora de su caudal; y mi vanidad, causa de su desnudez; y mi lujuria, de su oprobio! ¿Qué sentido tengo, qué miembro que no tenga obligación de restituir a los pobres infinita hacienda? Por esto pido a Dios perdón, tanto de las limosnas que hice mal como de las que dejé de hacer bien.

* * *

Sobre el comportamiento moral

1. Mírate con atención y quizás acertarás a conocer tus disparates, que para que tú los abomines no les falta sino estar en otro.

2. De aquí debes colegir cuán agradecida cosa es amar a los enemigos que tú aborreces tanto. Y en realidad, de verdad, ni tú sabes cuál es tu amigo ni cuál es tu enemigo; antes, lo entiendes todo al revés: llamas amigo al que te presta para el juego, al que te acompaña en casa de la ramera, al que te divierte y entretiene, al que come y cena contigo, al que te hace espaldas y al que te alaba; y enemigo llamas al que, no haciendo nada desto, dice mal de ti y te reprehende y va a la mano en todo; siendo al revés: que este es amigo tuyo, pues es amigo de tu alma, que eres tú; y el otro es enemigo tuyo y amigo de tu hacienda, apetito y perdición. [...] Pues así debes entender que truecas los nombres y los oficios de las cosas.
 
3. Rigurosa y desabrida cosa fuera y llena de peligros, si te mandara vengar de tus enemigos, salir a medianoche o solo, cargado de armas o acompañado de amigos, acecharle y al cabo procurar su muerte. ¡Cuánto mejor es perdonarle, cosa que puedes hacer cenando y en tu casa y acostado y con todo tu descanso!

4. La ira es una breve locura y repentina, un olvido de la razón, y, si dura, un desprecio della, un afecto rebelde al entretenimiento y un motín de la sangre y una soberbia inconsiderada. Es una enfermedad del corazón [...]. ¿Qué hombre leerá esto que no tenga alguna queja della, que no llore alguna desgracia por su causa?
 
5. Vana cosa es querer tú que el otro no haga lo que quiere hacer, y más vana querer que no haya hecho lo que ya está hecho, que es lo que procura la ira ciegamente.

6. Si ves a uno lleno de enfermedades corporales, te compadeces y no te enojas. Dime: ¿por qué con aquel que tiene vicios y pecados, que son enfermedades del alma, te aíras y no te apiadas?

7. ¡Qué ocupadas están las universidades en enseñar retórica, dialéctica y lógica, todas artes para saber decir bien! ¡Y qué cosa tan culpable es que no haya cátedras de saber hacer bien, y donde se enseñe! Los maestros, según esto, enseñan lo que no saben, y los discípulos aprenden lo que no les importa, y, así, nadie hace lo que había de hacer. Y el tiempo mejor se pasa quejoso y mal gastado, y las canas hallan tan inocente el juicio como el primer cabello, y la vejez se conoce más en las enfermedades y arrugas que en el consejo y prudencia [...]. Sea pues tu estudio, ¡oh, hombre que deseas ser sabio!, para merecer este nombre, cerca de las cosas espirituales y eternas; trata con los afligidos y estudia con ellos; comunica a los solos; oye a los muertos, por quien hablan el escarmiento y el desengaño; ten por sospechosas tus alabanzas y cree apenas a tus sentidos; préciate de humano y misericordioso; conténtate con lo que tuvieres, y no de suerte que te aflijas si te faltare; oye a todos y sabrás más. Y en los libros imita lo bueno y guárdalo en la memoria; y lo que no te pareciere tal no lo repruebes: discúlpalo, si sabes; disimúlalo, si puedes.
 
Francisco de Quevedo, en La cuna y la sepultura y Doctrina para morir (1634)

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