Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, y haced oír la voz de su alabanza.
Él es quien preservó la vida a nuestra alma, y no permitió que nuestros pies resbalasen.
Porque tú nos probaste, oh, Dios; nos ensayaste como se afina la plata.
Nos metiste en la red; pusiste sobre nuestros lomos pesada carga.
Hiciste cabalgar hombres sobre nuestra cabeza; pasamos por el fuego y por el agua, y nos sacaste a abundancia.
[...]
Venid, oíd todos los que teméis a Dios, y contaré lo que ha hecho a mi alma.
A Él clamé con mi boca, y fue exaltado con mi lengua.
Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, Yavé no me habría escuchado.
Mas ciertamente me escuchó Dios; atendió a la voz de mi súplica.
Bendito sea Dios, que no echó de sí mi oración, ni de mí su misericordia.
Salmos 66:8-12, 16-20 (Reina Valera 1960)
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