La granja es toda rústica; ni piedra de armas tiene, porque la hizo quitar de la fachada un mi abuelo, liberal aforrado en masón, que era entonces el aforro más caliente del liberalismo. A la casa, baja e irregular aunque extensa, se la come la vegetación cubriéndola por todas partes. Al levantarme y abrir la ventana de mi dormitorio, veo un asunto de abanico de Watteau, tentador para un acuarelista: sobre el fondo del cielo que por lo regular tiene ese adorable tono de ceniza de cigarro caro que solo en el celaje gallego se observa —el inglés suele ser mas oscuro y frío— se desvanece como una gasa el follaje del árbol del amor, hibiscus para los botánicos, en trazos de un verde pálido salpicado de floricones rosa, que parecen la caricia y el jugueteo de caprichoso pincel encima de un paisaje lavado á suaves medias tintas. Si salgo a respirar el fresco después del trabajo, tengo a dos pasos el bosquete, cuyas calles pendientes y herbosas se abren entre grupos de arabas, paulonias, castaños de Indias y retamas fragantes. Poco más abajo, el surtidor del pilón de piedra, a media villa, desgrana gotitas sobre la tersa superficie, donde nada siempre alguna hoja amarillenta, despojo de los arbustos, o un barquito de muñecas, quilla arriba, naufragio producido por los combates de Trafalgar que Jaime no cesa de hacer desde que leyó los Episodios Nacionales. En el jardín, y alrededor del pilón, las magnolias entreabren su urna de alabastro, los granados su flor de rizo coral, y las enredaderas suben por el emparrado y trepan hasta las ventanas, entre cuyas vidrieras se estrangula a veces un tallo de fucsia o un sarmiento de pasionaria. Más allá el reguero de agua, orillado de frescos berros, va a perderse en el amplio declive que forma el prado, y el vasto circuito de la tapia es una cenefa de frutales, que está llamando por los golosos con sus perales y manzanos rendidos al peso de las pomas y sus abridores y duraznos que destilan ámbar. ¿Cómo no recordar al poeta contemplador, y repetir los tan sabidos versos?:
El aire el huerto orea
y ofrece mil olores al sentido:
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y el cetro pone olvido.
los árboles menea
con un manso ruido
que del oro y el cetro pone olvido.
Y lo de los mil olores no es hipérbole. En este huerto de la granja pienso que hay de todas las flores y plantas del mundo, desde el cedro hasta el hisopo: y en las noches serenas que tanto gustaban a fray Luís de León, cuando el cielo se tachona de innumerables luceros y el aire se sosiega y cesan todos los ruidos del campo, parece brotar del silencio misteriosa sinfonía de aromas, unos conocidos y vulgares: los de madreselvas, don diegos, heliótropo, azucena, alecrín, verbena, clavo, guisante de olor y rosa de Alejandría; otros exóticos, que recuerdan países orientales, comarcas de sol, salones alfombrados y bailes espléndidos: el ylang-ylang que desvanece, la gardenia aristocrática, la magnolia jaquecosa, la datura, que es un ánfora llena de esencia de nardo, el soñador heliótropo blanco, la pasiflora que vierte efluvios de miel, el caracolillo cubano que trasciende a vainilla, la rosa de té y la glicinia, de desmayado perfume, semejante a un vago recuerdo.
Emilia Pardo Bazán, en su prólogo para Los pazos de Ulloa (1886)
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