Mi madre tuve entre ásperas montañas,
si inútil con la edad soy seco leño;
mi sombra fue regalo a más de un sueño,
supliendo al jornalero sus cabañas.
Del viento desprecié sonoras sañas,
y al encogido invierno el cano ceño,
hasta que a la segur, villano dueño
dio licencia de herirme las entrañas.
Al mar di remos, y a la patria fría
de los granizos velas; fui el primero
que acompañó del hombre la osadía.
¡Oh, amigo caminante! ¡Oh, pasajero!
¡Dile blandas palabras este día
al polvo de Jasón mi marinero!
Francisco de Quevedo (1580-1645)
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