Como parte de su función reguladora, la evaluación también modela los valores y creencias, priorizando unos sobre otros y actuando de currículo oculto. Por ejemplo, a veces encontramos situaciones en las que se utiliza la evaluación (y, en particular, la calificación) para regular ciertos comportamientos que un docente considera inapropiados: "Si os seguís portando mal, os pondré un examen". También se emplea como premio: "Si hacéis esto, tendréis una ventaja en el examen / os subo un punto". Los valores forman parte de los aprendizajes y la evaluación en sí misma también contribuye a fomentar algunos: es el caso de los puntos que se otorgan por asistir a clase en los niveles no obligatorios, por ejemplo, o cuando se califican cosas como el esfuerzo o el cumplimiento en la entrega de tareas, en lugar de los aprendizajes logrados y establecidos en los criterios de una materia. En estos casos la cultura dominante tiene más que ver con premiar (o castigar) el cumplimiento de ciertos comportamientos esperables que con los aprendizajes en sí mismos, pues realizar las cosas de una determinada manera o con un cierto esfuerzo no garantiza per se que se hayan logrado los aprendizajes marcados en los objetivos (aunque los facilitará si están bien diseñados, si son adecuados para el nivel de quien está aprendiendo y si se incluye evaluación formativa).
A menudo, a la hora de evaluar se mezclan los medios con los fines: sucede, por ejemplo, al calificar un cuaderno de trabajo en lugar de los aprendizajes logrados por el estudiante. En realidad, aquí se está empleando la evaluación como muestra de que la cultura predominante implica que lo que se premia es que el alumno cumpla lo que se le manda, independientemente de que haya logrado o no los aprendizajes de la materia. Cuando a un alumno se le aprueba una materia porque se ha esforzado mucho, aun sin alcanzar los objetivos, ¿cuál es el mensaje que estamos transmitiendo? Es muy parecido a cuando se baja la nota a otro porque, aunque muestre que sabe lo que se había pedido, no ha entregado los deberes, no viene a clase, presenta un comportamiento que consideramos inadecuado o lo ha logrado en la recuperación de la materia, en lugar de cuando tocaba. Prevalece la cultura del cumplimiento sobre la cultura del aprendizaje. Es como si, para la valorar la utilidad o estética de un edificio, nos fijáramos en el número de trabajadores que han intervenido, en el plazo en el que se ha construido o en el presupuesto ejecutado. Esforzarse, entregar los deberes y asistir a clase son cosas que, en principio, deberían contribuir a que el alumno logre los objetivos de aprendizaje. Pero solo son medios, ya que en el proceso de aprendizaje influyen de manera decisiva otros factores, como los conocimientos previos, la didáctica de la materia y, muy particularmente, la regulación del proceso a través de la evaluación formativa.
Mariana Morales y Juan Fernández, en La evolución formativa. Estrategias eficaces para regular el aprendizaje (SM, 2022)
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