30 de septiembre de 2022

Integralismo español

Por una serie de razones históricas, en cuya exposición y análisis no podemos detenemos aquí, es evidente que la cultura española se nos muestra constituida por componentes muy especiales dentro del concierto europeo: su posición excéntrica, en la geografía continental, que la convierte en lugar de encrucijada de dos mares y de dos continentes con la consiguiente mezcla de culturas; la larga convivencia de siglos con árabes y judíos; las diferencias ideológicas, desde los días críticos de la Reforma, con las naciones que toman las riendas del pensamiento europeo, seguidas a poco por nuestra decadencia política y económica, contribuyen —aparte otras muchas causas— a forjar la peculiar fisonomía de todo nuestro paisaje cultural. De aquí el carácter de inquietud, de dramatismo íntimo, de aspiraciones y de renuncias, de posiciones encontradas, que tan profundamente se reflejan en nuestras letras. Pero en fundirlas y amalgamarlas en personalísimas síntesis está precisamente la gran originalidad, muy difícil de comprender a veces, de nuestra literatura. Honor y picardía, idealismo y realidad, sensualismo y amor idealizado, caballería y hampa, misticismo y sentido práctico, refinamiento y vulgaridad, orgullo y pobreza, religión y obscenidad, sentido de la muerte y goce de vivir, andan revueltos en problemática armonía para constituir esa dualidad dramática a que Dámaso Alonso alude. Con inmejorable fórmula, Américo Castro ha llamado a esta enorme capacidad de síntesis el «integralismo español».
 
 
📔 Juan Luis Alborg, en Historia de la literatura española. Edad Media y Renacimiento (Gredos, 1970)

28 de septiembre de 2022

Comentario de texto: Libro de buen amor

«La cera que es mucho dura e mucho brozna e helada,
desque ya entre las manos una vez está masnada,
después con el poco fuego cient vezes será doblada:
doblarse ha toda dueña que sea bien escantada.
Amigo, non vos durmades, que la dueña que dez’ides,
otro quier’ casar con ella, pide lo que vos pedides,
es orne de buen linaje, viene donde vos venides;
vayan ante vuestros ruegos que los ajenos convites.
 
Yo lo trayo estorbando, por cuanto non lo afinco,
ca es ome muy escaso, pero que es muy rico,
mandóme por vestuario una piel e un pellico,
diómelo tan bien parado, que ni es grande ni chico.
 
El presente que se da luego, si es grande de valor,
queblanta leyes e fueros, e es del derecho señor;
a muchos es grand ayuda, a muchos estorbador,
tiempo hay que aprovechar, e tiempo hay que faz peor.
 
Esta dueña que decides, mucho es en mi poder,
si non por mí, non la puede ome del mundo haber,
yo sé toda su fazienda, e cuando ha de fazer
por mi consejo lo faze, más que non por su querer».
 
 
El texto propuesto es un fragmento, en efecto, del Libro de buen amor de nuestro querido Arcipreste de Hita, obra compuesta en la primera mitad de un siglo, el XIV, cuajado de cambios socioeconómicos que alterarían irremediablemente el ideal que la Iglesia venía esforzándose en mantener a través de recitaciones (Francisco Rico señala que hasta la llegada de la literatura de caballerías el acceso al texto se resolvía más por el oído que por la vista) tanto épicas como sagradas.

Para justificar nuestra contextualización atenderemos a dos niveles clave: el lingüístico y el extralingüístico, y ya de entrada mucho es lo que este último delata. En primer lugar, el texto aparece presentado como el discurso directo pronunciado por una persona que destaca por su habilidad en la tercería (baste leer las estrofas primera y, especialmente, la final, que da cuenta de una profesionalidad casi escalofriante…). La figura de la alcahueta, misteriosa mensajera, es un verdadero signo de la época medieval que, sin embargo, hunde sus vivas raíces en la tradición de esa literatura árabe que, atendiendo a Américo Castro, Juan Ruiz  disfrutaba imitando. Así, este discurso de la madre espiritual de la futura Celestina despliega la existencia e influencia de uno de los arquetipos de personajes más propios de un medievo castellano que se desmoronaba moralmente, rasgo este también apreciable en el fragmento cuando observamos que, de la mujer, ya no es fuente de interés su santidad, como declamaría Berceo bajo la autoridad de tantos «escriptos» europeos, sino su condición de objeto presto (con la ayuda, es claro, de la medianera) al consumo erótico que subyace al matrimonio. Carácter vitalista de época, pues, que queda retratado cuando leemos la alusión a que con poco fuego, palabra esta en íntima tradición con el deseo carnal, la dueña se dobla en voluntad y cuerpo…

La primera estrofa, que guarda tan plástica alegoría entre sus sentenciosos versos, sirve asimismo de fundamento a la hipótesis del marco histórico-literario que intuimos: en la Edad Media, la técnica escolástica que servía de puente al saber, bien moral, bien intelectual, se amparaba no solo en la autoridad que confería el pergamino, sino también bajo ese conocimiento popular en siglos macerado: el de los proverbios, dichos y refranes. «La cera que es mucho dura…» refiere, pues, y a la manera de lo universalmente consabido, al destino de una dama que no se cuide de alejarse del calor que generan las manos y las llamas. Es muy dulce la intención del Arcipreste en este aspecto, ya que (y sírvanos también esto como razón de localización textual), como él mismo expresa al inicio de su obra, recordando esos dardos de san Gregorio que «menos fieren al onbre si antes son vistos», entre rimas y burlas pretende, muy especialmente, proteger a las mujeres de los embelecos de interés masculino. Desde el punto de vista pragmático, el buen Juan Ruiz aún hoy continúa advirtiendo a sus lectoras sobre cómo pueden convertirse en víctimas de la más maquinaria salacidad. Por su parte, la cuarta estrofa también demuestra carácter proverbial al manifestar la pleitesía que todo código acaba por rendir a la riqueza.

Otro fenómeno que a nivel léxico nos hace pensar en la Castilla medieval como cronotopo bajtiniano del texto es la isotopía de palabras en relación con el estamento nobiliario: «linaje», «casar», «rico», la referencia al regalo de «una piel e un pellico», «fuero» o «señor» alejan el texto de nuestro momento, donde la ostentación de alcurnia y pellejos queda relegada a la cinematografía, y lo sitúan en un contexto en el que la distancia entre las clases sociales es, como poco, feroz, pese a la creciente morigeración que irá obligando el mercadeo burgués.

Por otro lado, enfocándonos en el nivel propiamente lingüístico, podemos tratar de ofrecer una fecha aproximada, siguiendo el consejo de periodización corta de R. Menéndez Pidal, de datación textual. Primeramente, observamos el voseo reverencial empleado, que nos conduce inmediatamente a la Edad Media, donde se utilizaba independientemente de cual fuera el estrato social de su destinatario, velado aquí tras el vocativo «amigo». En segundo lugar, la configuración métrica del texto, una cuaderna vía cien años cansada que ya no se obstina tanto en contar sus sílabas, descarta el «sen pecado» siglo XIII, y recoge varios indicios de mayor precisión temporal:

1) Encontramos un caso de pérdida extrema, debido a su consonante anterior, en «cient», y otro de apócope en «quier», de manera que el fragmento debe de ser posterior a 1276, fecha de publicación del Libro de la octava esfera de Alfonso X el Sabio, que rehúsa su empleo y la convierte en un resto.
2) Hallamos repetidas veces la presencia de f- inicial, concretamente en el polípote que conforman «fazienda», «fazer» y «faze» en la última estrofa. Esto nos confirma que, en efecto, el texto no superó el periodo medieval, pues su grafía ya se habrá apagado en la segunda edición de la Celestina, es decir, en 1501. Ahora bien, mientras que el texto se sirve de la conjunción «e» y de la forma latina «non», más propias del siglo XV, la presencia de la contracción preposicional «desque» apunta, conjuntamente, al siglo XIV.
3) Finalmente, la desinencia verbal «–(a)des», de la segunda persona del plural en formas paroxítonas, apreciable, por ejemplo, en «durmades», con –d– proveniente de –t–, se fue enrareciendo con el acabamiento del siglo XIV, lo que cercaría la posible datación al primer decalustro de este.
 
Así, como síntesis de los fenómenos expuestos, podemos ofrecer como fecha de composición estimada los primeros cincuenta años del siglo XIV.

Como despedida y apunte personal, quisiera añadir que siempre, siempre es un placer leer de la alegre sabiduría de Juan Ruiz.
 
 
✏️ Esta ha sido mi aportación al ejercicio de contextualización propuesto por mi preparador.

27 de septiembre de 2022

Nacida es una strela

[Escena II]

[Gaspar a Baltasar]

Dios vos salve, senior:  ¿sodes vos strelero?
Dezidme la verdad, de vos sabelo quiero.
¿Vedes tal maravilla?
Nacida es una strela.

[Baltasar]

Nacido es el Criador,
que de las gentes es senior.
Iré, lo aoraré.

[...]

[Melchor]

¿Cumo podremos probar si es homne mortal,
o si es rei de terra o si es celestial?

[Baltasar]

¿Queredes bine saber cumo lo sabremos?
Oro, mira i acenso a él ofreçeremos:
si fuere rei de terra, el oro querá;
si fuese omne mortal, la mira tomará;
si rey celestial, estos dos dexará
tomará el encenso quel pertenecerá.


📔 Auto de los Reyes Magos (anónimo, siglo XIII)

26 de septiembre de 2022

Voces son de otra edad...

¿Para que estos peñascos, donde asilo
busqué infeliz tan lejos de mi patria,
hinchado embista, y con bramantes ondas
y con furor horrísono deshaga?

No, que tranquila en el celeste espacio
reina la luna, de luciente nácar
entre celajes, y en el mar riela,
que duerme mudo en las vecinas playas.

¡Mas mi nombre escuché...! ¿Quién lo pronuncia?
¿Qué celestial ardor mi mente exalta...?
Te reconozco en fin, o grave acento,
y el fuego reconozco que me abrasa.

Angélica, ¿no escuchas el sonido
de las solemnes voces que me llaman?
Voces son de otra edad... Mira una sombra,
que lenta cruza las oscuras auras,

girando en mi reedor... Mi fantasía
rápida como el viento vuela, salva
los apiñados siglos, y altos nombres
de los sepulcros y del polvo saca.
 
 
📔 Ángel de Saavedra, duque de Rivas, en El moro expósito (1838)

23 de septiembre de 2022

De los álamos vengo, madre

De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire.
De los álamos de Sevilla,
de ver a la mi linda amiga.
De los álamos vengo, madre,
de ver cómo los menea el aire.
 
 
📔 Del Cancionero musical de los siglos XV y XVI, publicado por F. Asenjo Barbieri, n.º 192.

22 de septiembre de 2022

Guillén Peraza

Llorad las damas,
si Dios os vala.
Guillén Peraza
quedó en la Palma,
la flor marchita
de la su cara.

No eres Palma, 
eres retama, 
eres ciprés 
de triste rama, 
eres desdicha,
desdicha mala.

Tus campos rompan
tristes volcanes, 
no vean placeres
sino pesares,
cubran tus flores
los arenales.

Guillén Peraza,
Guillén Peraza,
¿do está tu escudo?,
¿do está tu lanza?
Todo lo acaba
la malandanza.


📔 Endecha de la tradición oral canaria cantada en 1443.

21 de septiembre de 2022

La mi muy grant culpa

Pensando yo en la vida d'este mundo mortal,
que es poca e peligrosa, llena de mucho mal,
faré yo confisión en la manera cual
mejor se me entendier, si Dios aquí me val.
 
[...]
 
Para esto la tu gracia será muy menester,
ca sin ella el homne non puede bien fazer:
otórgame, Señor, que yo la pueda haber,
e haya la mi alma por ende salva ser.
 
[...]
 
Segunt dize un sabio, conoscer el pecado
es señal de salud al homne que es errado:
por ende de tu gracia estó yo esforzado,
que tal conoscimiento de Ti es otorgado.
 
E, Señor pïadoso, Tú quieras perdonar
los mis grandes pecados en que te fiz pesar,
e me otorga tiempo, espacio e logar
que a Ti pueda servir e a Ti solo loar.         
 
Los yerros que te fiz, aquí, Señor, diré
algunos, ca he rescelo que muchos olvidaré,
e cómo tus mandamientos, cimientos de la feé,
por la mi muy grant culpa todos los quebranté.     
 
 
📔 Pedro López de Ayala, en Rimado de palacio (¿1378-1403?)

19 de septiembre de 2022

El nombre de Daniel, el Mochuelo

Las cosas pasaron en su momento y, ahora, Daniel, el Mochuelo, las recordaba con fruición. Su padre, el quesero, pensó un nombre antes de tener un hijo; tenía un nombre y le arropaba y le mimaba y era ya, casi, como tener un hijo. Luego, más tarde, nació Daniel.
 
Daniel, el Mochuelo, evocaba sus primeros pasos por la vida. Su padre emanaba un penetrante olor, era como un gigantesco queso, blando, blanco, pesadote.
 
Pero, Daniel, el Mochuelo, se gozaba en aquel olor que impregnaba a su padre y que le inundaba a él, cuando, en las noches de invierno, frente a la chimenea, acariciándole, le contaba la historia de su nombre.
 
El quesero había querido un hijo antes que nada para poder llamarle Daniel. Y se lo decía a él, al Mochuelo, cuando apenas contaba tres años y manosear su cuerpecillo carnoso y rechoncho equivalía a prolongar la cotidiana faena en el entremijo.
 
Pudo bautizarle con mil nombres diferentes, pero el quesero prefirió Daniel.
 
—¿Sabes que Daniel era un profeta que fue encerrado en una jaula con diez leones y los leones no se atrevieron a hacerle daño? —le decía, estrujándole amorosamente.
 
El poder de un hombre cuyos ojos bastaban para mantener a raya a una jauría de leones, era un poder superior al poder de todos los hombres; era un acontecimiento insólito y portentoso que desde niño había fascinado al quesero.
 
—Padre, ¿qué hacen los leones?
—Morder y arañar.
—¿Son peores que los lobos?
—Más feroces.
—¿Queeeé?
 
El quesero facilitaba la comprensión del Mochuelo como una madre que mastica el alimento antes de darlo a su hijito.
 
—Hacen más daño que los lobos, ¿entiendes? —decía.
 
Daniel, el Mochuelo, no se saciaba:
 
—¿Verdad que los leones son más grandes que los perros.
—Más grandes.
—¿Y por qué a Daniel no le hacían nada?
 
Al quesero le complacía desmenuzar aquella historia:
 
—Les vencía solo con los ojos; solo con mirarles; tenía en los ojos el poder de Dios.
—¿Queeeé?
 
Apretaba al hijo contra sí:
 
—Daniel era un santo de Dios.
—¿Qué es eso?
 
[...]
 
Pero luego, su padre se distanció de él; ya no le hacía arrumacos ni carantoñas. Y eso fue desde que el padre se dio cuenta de que el chico ya podía aprender las cosas por sí. Fue entonces cuando comenzó a ir a la escuela y cuando se arrimó al Moñigo en busca de amparo. A pesar de todo, su padre, su madre y la casa entera, seguían oliendo a boruga y a requesón. Y a él seguía gustándole aquel olor, aunque Roque, el Moñigo, dijese que a él no le gustaba, porque olía lo mismo que los pies.
 
Su padre se distanció de él como de una cosa hecha, que ya no necesita de cuidados. Le daba desilusión a su padre verle valerse por sí, sin precisar de su patrocinio. Pero, además, el quesero se tornó taciturno y malhumorado. Hasta entonces, como decía su mujer, había sido como una perita en dulce. Y fue el cochino afán del ahorro lo que agrió su carácter. 
 
El ahorro, cuando se hace a costa de una necesidad insatisfecha, ocasiona en los hombres acritud y encono. Así le sucedió al quesero. Cualquier gasto menudo o el menor desembolso superfluo le producían un disgusto exagerado. Quería ahorrar, tenía que ahorrar por encima de todo, para que Daniel, el Mochuelo, se hiciera un hombre en la ciudad, para que progresase y no fuera como él, un pobre quesero.
 
Lo peor es que de esto nadie sacaba provecho.


📔 Miguel Delibes, en El camino (1950)

12 de septiembre de 2022

Culpa, castigo y consuelo

¿Por qué tuviste que beber tanto aquella noche? ¿Por qué tuviste que hacerlo borracho, completamente borracho? Está prohibido conducir borracho y tú… tú… No pienses. Estás aquí bien. Todo da igual; aquí estás tranquilo, tranquilo, tranquilizándote poco a poco. Es una aventura. Tu experiencia se amplía. Ahora sabes más que antes. Sabrás mucho más de todo que antes, sabrás lo que han sentido otros, lo que es estar ahí abajo donde tú sabías que había otros y nunca te lo podías imaginar. Tú enriqueces tu experiencia. Llegas a conocer mejor lo que eres, de lo que eres capaz. Si realmente eres un miedoso, si te aterrorizas. Si te pueden. Lo que es el miedo. Lo que el hombre sigue siendo desde detrás del miedo, desde debajo del miedo, al otro lado de la frontera del miedo. Que eres capaz de vivir tranquilo todavía, de estar aquí serenamente. Si estás aquí serenamente no es un fracaso. Triunfas del miedo. El hombre imperturbable, el que sigue siendo imperturbable, entero, puede decir que triunfa, aunque todos, todos todos crean que está cagado de miedo, que es una piltrafa, un gusarapo. Si guarda su fondo de libertad que le permite elegir lo que le pasa, elegir lo que le está aplastando. Decir: quiero, sí, quiero, sí, quiero, quiero, quiero estar aquí porque quiero lo que ocurre, quiero lo que es, quiero de verdad, quiero, sinceramente quiero, está bien así. «¿Qué es lo que pide todo placer? Pide profunda, profunda eternidad».
 
[...]
 
Pedro sintió la verdad que demostraban en su perfecta concatenación las circunstancias rigurosamente concordes como los eslabones de una cadena de silogismos. Y era verdad que él nunca debería haber intentado hacer un raspado porque no lo había aprendido a hacer antes. Y era verdad que nunca debería haber intentado una operación de urgencia, habiendo como hay tantas clínicas de guardia en la ciudad. Y era verdad que no debería haber intervenido sin estar colegiado ni dado de alta en el ejercicio de la profesión. Y era verdad que habiendo comprobado una muerte y siendo médico, debería haber dado parte de ella a la autoridad competente. Y era verdad que, por todo ello, sentía una culpabilidad abrumadora, una culpabilidad cierta y tremenda.
 
—Sí. En realidad, yo la maté —reconoció agachando la cabeza.
—¡Acabáramos! —dijo el policía, y dirigiéndose al mudo y continuo testigo del diálogo—. ¡Escriba! Preguntado si conocía a la fallecida, contesta que sí que la conocía así como a su familia y a la casa en que habitaban por intermedio de su ayudante de laboratorio llamado Amador. Punto. Preguntado si había tenido algún contacto íntimo con ella, contesta que efectivamente había comprobado que no se le habían producido unas tumoraciones en la ingle que él creía que podrían desarrollarse a causa de un contacto fortuito con los ratones de experiencia de que regularmente se proveía en aquella familia y que él utilizaba para sus investigaciones sobre el cáncer. Punto. Preguntado sobre si el día de la muerte él había acudido a la chabola y utilizado sus instrumentos quirúrgicos, contesta que...
 
Pedro oía caer estas palabras con interno asentimiento. Efectivamente, así habían ocurrido las cosas. No tenía ningún objeto empezar a gritar que no, que no, como un niño que rechaza su castigo. Los hombres deben afrontar las consecuencias de sus actos. El castigo es el más perfecto consuelo para la culpa y su único posible remedio y corolario. Gracias al castigo el equilibrio se restablecería en este mundo poco comprensible donde él había estado dando saltos de títere con la cabeza llena de humo mentiroso.


📔 Luis Martín-Santos, en Tiempo de Silencio (1962)

10 de septiembre de 2022

La orden de exhumación de Florita

La redonda consorte y tres viejas más, el dependiente de la gran tasca vestido de pana, una prima del pueblo y la mujer de Amador fueron únicos testigos de la hábil manipulación mediante la cual volvía al polvo lo que del polvo había surgido como fantasma engañoso de carne tentadora. Pero cuando ya la tierra que la debía acompañar en el largo viaje había sido colocada sobre su caja con alarmantes sonidos a hueco y tres compañeros de diverso sexo se habían acostado sobre el joven cuerpo de Florita, llegó la orden de exhumación que un juez lejano, en un juzgado polvoriento, en virtud de quién sabe qué extrañas maquinaciones, había firmado sobre un papel sin brillo pero debidamente legalizado que un alguacil llevó hasta la necrópolis a lomo de bicicleta.
 
📔 Luis Martín-Santos, en Tiempo de silencio (1962)

1 de septiembre de 2022

Lo que me llevo de la casa de la calle de Aribau

Entré en el cuarto de Angustias por última vez. Hacía calor y la ventana estaba abierta; el conocido reflejo del farol de la calle se extendía sobre los baldosines en tristes riadas amarillentas.
 
No quise pensar más en lo que me rodeaba y me metí en la cama. La carta de Ena me había abierto, y esta vez de una manera real, los horizontes de la salvación.
 
«...Hay trabajo para ti en el despacho de mi padre, Andrea. Te permitirá vivir independiente y además asistir a las clases de la Universidad. Por el momento vivirás en casa, pero luego podrás escoger a tu gusto tu domicilio, ya que no se trata de secuestrarte. Mamá está muy animada preparando tu habitación. Yo no duermo de alegría».
 
Era una carta larguísima en la que me contaba todas sus preocupaciones y esperanzas. Me decía que Jaime también iba a vivir aquel invierno en Madrid. Que había decidido, al fin, terminar la carrera y que luego se casarían.
 
No me podía dormir. Encontraba idiota sentir otra vez aquella ansiosa expectación que un año antes, en el pueblo, me hacía saltar de la cama cada media hora, temiendo perder el tren de las seis, y no podía evitarla. No tenía ahora las mismas ilusiones, pero aquella partida me emocionaba como una liberación. El padre de Ena, que había venido a Barcelona por unos días, a la mañana siguiente me vendría a recoger para que le acompañase en su viaje de vuelta a Madrid. Haríamos el viaje en su automóvil.
 
Estaba ya vestida cuando el chófer llamó discretamente a la puerta. La casa entera parecía silenciosa y dormida bajo la luz grisácea que entraba por los balcones. No me atreví a asomarme al cuarto de la abuela. No quería despertarla.
 
Bajé las escaleras, despacio. Sentía una viva emoción. Recordaba la terrible esperanza, el anhelo de vida con que las había subido por primera vez. Me marchaba ahora sin haber conocido nada de lo que confusamente esperaba: la vida en su plenitud, la alegría, el interés profundo, el amor. De la casa de la calle de Aribau no me llevaba nada. Al menos, así creía yo entonces.
 
De pie, al lado del largo automóvil negro, me esperaba el padre de Ena. Me tendió las manos en una bienvenida cordial. Se volvió al chófer para recomendarle no sé qué encargos. Luego me dijo:
 
—Comeremos en Zaragoza, pero antes tendremos un buen desayuno —se sonrió ampliamente—; le gustará el viaje, Andrea. Ya verá usted...
 
El aire de la mañana estimulaba. El suelo aparecía mojado con el rocío de la noche. Antes de entrar en el auto alcé los ojos hacia la casa donde había vivido un año. Los primeros rayos del sol chocaban contra sus ventanas. Unos momentos después, la calle de Aribau y Barcelona entera quedaban detrás de mí.


📔 Carmen Laforet, en Nada (1944)