¿Para que estos peñascos, donde asilo
busqué infeliz tan lejos de mi patria,
hinchado embista, y con bramantes ondas
y con furor horrísono deshaga?
No, que tranquila en el celeste espacio
reina la luna, de luciente nácar
entre celajes, y en el mar riela,
que duerme mudo en las vecinas playas.
¡Mas mi nombre escuché...! ¿Quién lo pronuncia?
¿Qué celestial ardor mi mente exalta...?
Te reconozco en fin, o grave acento,
y el fuego reconozco que me abrasa.
Angélica, ¿no escuchas el sonido
de las solemnes voces que me llaman?
Voces son de otra edad... Mira una sombra,
que lenta cruza las oscuras auras,
girando en mi reedor... Mi fantasía
rápida como el viento vuela, salva
los apiñados siglos, y altos nombres
de los sepulcros y del polvo saca.
📔 Ángel de Saavedra, duque de Rivas, en El moro expósito (1838)
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