12 de septiembre de 2022

Culpa, castigo y consuelo

¿Por qué tuviste que beber tanto aquella noche? ¿Por qué tuviste que hacerlo borracho, completamente borracho? Está prohibido conducir borracho y tú… tú… No pienses. Estás aquí bien. Todo da igual; aquí estás tranquilo, tranquilo, tranquilizándote poco a poco. Es una aventura. Tu experiencia se amplía. Ahora sabes más que antes. Sabrás mucho más de todo que antes, sabrás lo que han sentido otros, lo que es estar ahí abajo donde tú sabías que había otros y nunca te lo podías imaginar. Tú enriqueces tu experiencia. Llegas a conocer mejor lo que eres, de lo que eres capaz. Si realmente eres un miedoso, si te aterrorizas. Si te pueden. Lo que es el miedo. Lo que el hombre sigue siendo desde detrás del miedo, desde debajo del miedo, al otro lado de la frontera del miedo. Que eres capaz de vivir tranquilo todavía, de estar aquí serenamente. Si estás aquí serenamente no es un fracaso. Triunfas del miedo. El hombre imperturbable, el que sigue siendo imperturbable, entero, puede decir que triunfa, aunque todos, todos todos crean que está cagado de miedo, que es una piltrafa, un gusarapo. Si guarda su fondo de libertad que le permite elegir lo que le pasa, elegir lo que le está aplastando. Decir: quiero, sí, quiero, sí, quiero, quiero, quiero estar aquí porque quiero lo que ocurre, quiero lo que es, quiero de verdad, quiero, sinceramente quiero, está bien así. «¿Qué es lo que pide todo placer? Pide profunda, profunda eternidad».
 
[...]
 
Pedro sintió la verdad que demostraban en su perfecta concatenación las circunstancias rigurosamente concordes como los eslabones de una cadena de silogismos. Y era verdad que él nunca debería haber intentado hacer un raspado porque no lo había aprendido a hacer antes. Y era verdad que nunca debería haber intentado una operación de urgencia, habiendo como hay tantas clínicas de guardia en la ciudad. Y era verdad que no debería haber intervenido sin estar colegiado ni dado de alta en el ejercicio de la profesión. Y era verdad que habiendo comprobado una muerte y siendo médico, debería haber dado parte de ella a la autoridad competente. Y era verdad que, por todo ello, sentía una culpabilidad abrumadora, una culpabilidad cierta y tremenda.
 
—Sí. En realidad, yo la maté —reconoció agachando la cabeza.
—¡Acabáramos! —dijo el policía, y dirigiéndose al mudo y continuo testigo del diálogo—. ¡Escriba! Preguntado si conocía a la fallecida, contesta que sí que la conocía así como a su familia y a la casa en que habitaban por intermedio de su ayudante de laboratorio llamado Amador. Punto. Preguntado si había tenido algún contacto íntimo con ella, contesta que efectivamente había comprobado que no se le habían producido unas tumoraciones en la ingle que él creía que podrían desarrollarse a causa de un contacto fortuito con los ratones de experiencia de que regularmente se proveía en aquella familia y que él utilizaba para sus investigaciones sobre el cáncer. Punto. Preguntado sobre si el día de la muerte él había acudido a la chabola y utilizado sus instrumentos quirúrgicos, contesta que...
 
Pedro oía caer estas palabras con interno asentimiento. Efectivamente, así habían ocurrido las cosas. No tenía ningún objeto empezar a gritar que no, que no, como un niño que rechaza su castigo. Los hombres deben afrontar las consecuencias de sus actos. El castigo es el más perfecto consuelo para la culpa y su único posible remedio y corolario. Gracias al castigo el equilibrio se restablecería en este mundo poco comprensible donde él había estado dando saltos de títere con la cabeza llena de humo mentiroso.


📔 Luis Martín-Santos, en Tiempo de Silencio (1962)

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Todo comentario es bienvenido en este blog, pero siempre conviene recordar la sabiduría de Calderón: «Cuando tan torpe la razón se halla, mejor habla, señor, quien mejor calla».