La redonda consorte y tres viejas más, el dependiente de la gran tasca vestido de pana, una prima del pueblo y la mujer de Amador fueron únicos testigos de la hábil manipulación mediante la cual volvía al polvo lo que del polvo había surgido como fantasma engañoso de carne tentadora. Pero cuando ya la tierra que la debía acompañar en el largo viaje había sido colocada sobre su caja con alarmantes sonidos a hueco y tres compañeros de diverso sexo se habían acostado sobre el joven cuerpo de Florita, llegó la orden de exhumación que un juez lejano, en un juzgado polvoriento, en virtud de quién sabe qué extrañas maquinaciones, había firmado sobre un papel sin brillo pero debidamente legalizado que un alguacil llevó hasta la necrópolis a lomo de bicicleta.
📔 Luis Martín-Santos, en Tiempo de silencio (1962)
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