«La cera que es mucho dura e mucho brozna e helada,
desque ya entre las manos una vez está masnada,
después con el poco fuego cient vezes será doblada:
doblarse ha toda dueña que sea bien escantada.
Amigo, non vos durmades, que la dueña que dez’ides,
otro quier’ casar con ella, pide lo que vos pedides,
es orne de buen linaje, viene donde vos venides;
vayan ante vuestros ruegos que los ajenos convites.Yo lo trayo estorbando, por cuanto non lo afinco,
ca es ome muy escaso, pero que es muy rico,
mandóme por vestuario una piel e un pellico,
diómelo tan bien parado, que ni es grande ni chico.El presente que se da luego, si es grande de valor,
queblanta leyes e fueros, e es del derecho señor;
a muchos es grand ayuda, a muchos estorbador,
tiempo hay que aprovechar, e tiempo hay que faz peor.Esta dueña que decides, mucho es en mi poder,
si non por mí, non la puede ome del mundo haber,
yo sé toda su fazienda, e cuando ha de fazer
por mi consejo lo faze, más que non por su querer».
El texto propuesto es un fragmento, en efecto, del Libro de buen amor de nuestro querido Arcipreste de Hita, obra compuesta en la primera mitad de un siglo, el XIV, cuajado de cambios socioeconómicos que alterarían irremediablemente el ideal que la Iglesia venía esforzándose en mantener a través de recitaciones (Francisco Rico señala que hasta la llegada de la literatura de caballerías el acceso al texto se resolvía más por el oído que por la vista) tanto épicas como sagradas.
Para justificar nuestra contextualización atenderemos a dos niveles clave: el lingüístico y el extralingüístico, y ya de entrada mucho es lo que este último delata. En primer lugar, el texto aparece presentado como el discurso directo pronunciado por una persona que destaca por su habilidad en la tercería (baste leer las estrofas primera y, especialmente, la final, que da cuenta de una profesionalidad casi escalofriante…). La figura de la alcahueta, misteriosa mensajera, es un verdadero signo de la época medieval que, sin embargo, hunde sus vivas raíces en la tradición de esa literatura árabe que, atendiendo a Américo Castro, Juan Ruiz disfrutaba imitando. Así, este discurso de la madre espiritual de la futura Celestina despliega la existencia e influencia de uno de los arquetipos de personajes más propios de un medievo castellano que se desmoronaba moralmente, rasgo este también apreciable en el fragmento cuando observamos que, de la mujer, ya no es fuente de interés su santidad, como declamaría Berceo bajo la autoridad de tantos «escriptos» europeos, sino su condición de objeto presto (con la ayuda, es claro, de la medianera) al consumo erótico que subyace al matrimonio. Carácter vitalista de época, pues, que queda retratado cuando leemos la alusión a que con poco fuego, palabra esta en íntima tradición con el deseo carnal, la dueña se dobla en voluntad y cuerpo…
La primera estrofa, que guarda tan plástica alegoría entre sus sentenciosos versos, sirve asimismo de fundamento a la hipótesis del marco histórico-literario que intuimos: en la Edad Media, la técnica escolástica que servía de puente al saber, bien moral, bien intelectual, se amparaba no solo en la autoridad que confería el pergamino, sino también bajo ese conocimiento popular en siglos macerado: el de los proverbios, dichos y refranes. «La cera que es mucho dura…» refiere, pues, y a la manera de lo universalmente consabido, al destino de una dama que no se cuide de alejarse del calor que generan las manos y las llamas. Es muy dulce la intención del Arcipreste en este aspecto, ya que (y sírvanos también esto como razón de localización textual), como él mismo expresa al inicio de su obra, recordando esos dardos de san Gregorio que «menos fieren al onbre si antes son vistos», entre rimas y burlas pretende, muy especialmente, proteger a las mujeres de los embelecos de interés masculino. Desde el punto de vista pragmático, el buen Juan Ruiz aún hoy continúa advirtiendo a sus lectoras sobre cómo pueden convertirse en víctimas de la más maquinaria salacidad. Por su parte, la cuarta estrofa también demuestra carácter proverbial al manifestar la pleitesía que todo código acaba por rendir a la riqueza.
Otro fenómeno que a nivel léxico nos hace pensar en la Castilla medieval como cronotopo bajtiniano del texto es la isotopía de palabras en relación con el estamento nobiliario: «linaje», «casar», «rico», la referencia al regalo de «una piel e un pellico», «fuero» o «señor» alejan el texto de nuestro momento, donde la ostentación de alcurnia y pellejos queda relegada a la cinematografía, y lo sitúan en un contexto en el que la distancia entre las clases sociales es, como poco, feroz, pese a la creciente morigeración que irá obligando el mercadeo burgués.
Por otro lado, enfocándonos en el nivel propiamente lingüístico, podemos tratar de ofrecer una fecha aproximada, siguiendo el consejo de periodización corta de R. Menéndez Pidal, de datación textual. Primeramente, observamos el voseo reverencial empleado, que nos conduce inmediatamente a la Edad Media, donde se utilizaba independientemente de cual fuera el estrato social de su destinatario, velado aquí tras el vocativo «amigo». En segundo lugar, la configuración métrica del texto, una cuaderna vía cien años cansada que ya no se obstina tanto en contar sus sílabas, descarta el «sen pecado» siglo XIII, y recoge varios indicios de mayor precisión temporal:
1) Encontramos un caso de pérdida extrema, debido a su consonante anterior, en «cient», y otro de apócope en «quier», de manera que el fragmento debe de ser posterior a 1276, fecha de publicación del Libro de la octava esfera de Alfonso X el Sabio, que rehúsa su empleo y la convierte en un resto.
2) Hallamos repetidas veces la presencia de f- inicial, concretamente en el polípote que conforman «fazienda», «fazer» y «faze» en la última estrofa. Esto nos confirma que, en efecto, el texto no superó el periodo medieval, pues su grafía ya se habrá apagado en la segunda edición de la Celestina, es decir, en 1501. Ahora bien, mientras que el texto se sirve de la conjunción «e» y de la forma latina «non», más propias del siglo XV, la presencia de la contracción preposicional «desque» apunta, conjuntamente, al siglo XIV.
3) Finalmente, la desinencia verbal «–(a)des», de la segunda persona del plural en formas paroxítonas, apreciable, por ejemplo, en «durmades», con –d– proveniente de –t–, se fue enrareciendo con el acabamiento del siglo XIV, lo que cercaría la posible datación al primer decalustro de este.
Para justificar nuestra contextualización atenderemos a dos niveles clave: el lingüístico y el extralingüístico, y ya de entrada mucho es lo que este último delata. En primer lugar, el texto aparece presentado como el discurso directo pronunciado por una persona que destaca por su habilidad en la tercería (baste leer las estrofas primera y, especialmente, la final, que da cuenta de una profesionalidad casi escalofriante…). La figura de la alcahueta, misteriosa mensajera, es un verdadero signo de la época medieval que, sin embargo, hunde sus vivas raíces en la tradición de esa literatura árabe que, atendiendo a Américo Castro, Juan Ruiz disfrutaba imitando. Así, este discurso de la madre espiritual de la futura Celestina despliega la existencia e influencia de uno de los arquetipos de personajes más propios de un medievo castellano que se desmoronaba moralmente, rasgo este también apreciable en el fragmento cuando observamos que, de la mujer, ya no es fuente de interés su santidad, como declamaría Berceo bajo la autoridad de tantos «escriptos» europeos, sino su condición de objeto presto (con la ayuda, es claro, de la medianera) al consumo erótico que subyace al matrimonio. Carácter vitalista de época, pues, que queda retratado cuando leemos la alusión a que con poco fuego, palabra esta en íntima tradición con el deseo carnal, la dueña se dobla en voluntad y cuerpo…
La primera estrofa, que guarda tan plástica alegoría entre sus sentenciosos versos, sirve asimismo de fundamento a la hipótesis del marco histórico-literario que intuimos: en la Edad Media, la técnica escolástica que servía de puente al saber, bien moral, bien intelectual, se amparaba no solo en la autoridad que confería el pergamino, sino también bajo ese conocimiento popular en siglos macerado: el de los proverbios, dichos y refranes. «La cera que es mucho dura…» refiere, pues, y a la manera de lo universalmente consabido, al destino de una dama que no se cuide de alejarse del calor que generan las manos y las llamas. Es muy dulce la intención del Arcipreste en este aspecto, ya que (y sírvanos también esto como razón de localización textual), como él mismo expresa al inicio de su obra, recordando esos dardos de san Gregorio que «menos fieren al onbre si antes son vistos», entre rimas y burlas pretende, muy especialmente, proteger a las mujeres de los embelecos de interés masculino. Desde el punto de vista pragmático, el buen Juan Ruiz aún hoy continúa advirtiendo a sus lectoras sobre cómo pueden convertirse en víctimas de la más maquinaria salacidad. Por su parte, la cuarta estrofa también demuestra carácter proverbial al manifestar la pleitesía que todo código acaba por rendir a la riqueza.
Otro fenómeno que a nivel léxico nos hace pensar en la Castilla medieval como cronotopo bajtiniano del texto es la isotopía de palabras en relación con el estamento nobiliario: «linaje», «casar», «rico», la referencia al regalo de «una piel e un pellico», «fuero» o «señor» alejan el texto de nuestro momento, donde la ostentación de alcurnia y pellejos queda relegada a la cinematografía, y lo sitúan en un contexto en el que la distancia entre las clases sociales es, como poco, feroz, pese a la creciente morigeración que irá obligando el mercadeo burgués.
Por otro lado, enfocándonos en el nivel propiamente lingüístico, podemos tratar de ofrecer una fecha aproximada, siguiendo el consejo de periodización corta de R. Menéndez Pidal, de datación textual. Primeramente, observamos el voseo reverencial empleado, que nos conduce inmediatamente a la Edad Media, donde se utilizaba independientemente de cual fuera el estrato social de su destinatario, velado aquí tras el vocativo «amigo». En segundo lugar, la configuración métrica del texto, una cuaderna vía cien años cansada que ya no se obstina tanto en contar sus sílabas, descarta el «sen pecado» siglo XIII, y recoge varios indicios de mayor precisión temporal:
1) Encontramos un caso de pérdida extrema, debido a su consonante anterior, en «cient», y otro de apócope en «quier», de manera que el fragmento debe de ser posterior a 1276, fecha de publicación del Libro de la octava esfera de Alfonso X el Sabio, que rehúsa su empleo y la convierte en un resto.
2) Hallamos repetidas veces la presencia de f- inicial, concretamente en el polípote que conforman «fazienda», «fazer» y «faze» en la última estrofa. Esto nos confirma que, en efecto, el texto no superó el periodo medieval, pues su grafía ya se habrá apagado en la segunda edición de la Celestina, es decir, en 1501. Ahora bien, mientras que el texto se sirve de la conjunción «e» y de la forma latina «non», más propias del siglo XV, la presencia de la contracción preposicional «desque» apunta, conjuntamente, al siglo XIV.
3) Finalmente, la desinencia verbal «–(a)des», de la segunda persona del plural en formas paroxítonas, apreciable, por ejemplo, en «durmades», con –d– proveniente de –t–, se fue enrareciendo con el acabamiento del siglo XIV, lo que cercaría la posible datación al primer decalustro de este.
Así, como síntesis de los fenómenos expuestos, podemos ofrecer como fecha de composición estimada los primeros cincuenta años del siglo XIV.
Como despedida y apunte personal, quisiera añadir que siempre, siempre es un placer leer de la alegre sabiduría de Juan Ruiz.
Como despedida y apunte personal, quisiera añadir que siempre, siempre es un placer leer de la alegre sabiduría de Juan Ruiz.
✏️ Esta ha sido mi aportación al ejercicio de contextualización propuesto por mi preparador.
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