30 de octubre de 2024

Río arriba

—¿Crees que el pasado puede repetirse?
—Es difícil —dije para no comprometerme.

Siempre me planteaba adivinanzas así. Veía en mí una inteligencia semejante a la suya, capacitada para la lógica y las matemáticas, y creía que su deber era ponerla a prueba.

—Mira ese torrente, ¿lo ves? —dijo—. Hagamos como si el agua fuese el tiempo que corre. Si aquí donde estamos es el presente, ¿en qué lado crees que está el futuro?

Reflexioné. Parecía fácil. Di la respuesta más obvia:

—El futuro está donde va el agua, hacia allá.
—Error— decretó mi padre—. Por suerte.

[...]
 
Pero aquel día había experimentado algo, una repentina sensación de intimidad que, al mismo tiempo, me atraía y asustaba, como un desfiladero en un terreno desconocido. Para tranquilizarme busqué una imagen en mi cabeza. Pensé en el torrente: en la charca, en la pequeña cascada, en las truchas que movían la cola para permanecer inmóviles, en las hojas y en las ramitas que llevaba la corriente. Y luego en las truchas que saltaban hacia sus presas. Comencé a comprender un hecho, a saber, que todas las cosas, para un pez de río llegan del monte: insectos, ramas, hojas, cualquier cosa. Por eso mira hacia arriba, a la espera de lo que ha de llegar. Si el punto en que te sumerges en un río es el presente, pensé, entonces el pasado es el agua que te ha adelantado, la que va hacia abajo y donde ya no hay nada para ti, mientras que el futuro es el agua que desciende de arriba, trayendo peligros y sorpresas. El pasado está río abajo; el futuro, río arriba. Eso es lo que tenía que haberle respondido a mi padre. Sea lo que sea el destino, habita en las montañas que tenemos sobre la cabeza.
 
Paolo Cognetti, en Las ocho montañas (2016). Traducción de César Palma.

26 de octubre de 2024

Sospechosa afición

Salcedo emitió una apagada sonrisa:

—La Inquisición —dijo— se muestra cada día más intolerante. Ahora exige a los confesores que obliguen a los penitentes a denunciar a los que ocultan libros prohibidos. Y al que se niega no se le absuelve. Ni los obispos, ni el mismo rey están exentos de esta medida.

El capitán Berger, que había estado recostado en la barandilla, dio media vuelta y se acodó en ella:

—Tengo entendido —dijo— que cada vez que la Inquisición condena a un hombre por causa de un libro, este libro queda en entredicho. Y no me refiero solamente a obras anticristianas. El Catálogo de Lovaina, por ejemplo, prohibió hace seis años la Biblia y el Nuevo Testamento traducidos al castellano. Es cosa sabida que el pueblo español está condenado a desconocer el libro de libros.
 
Cipriano Salcedo miró de reojo al capitán antes de hacer esta observación:

—La afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa que el analfabetismo se hace deseable y honroso. Siendo analfabeto es fácil demostrar que uno está incontaminado y pertenece a la envidiable casta de los cristianos viejos.

Se abrió un alto silencio entre los dos hombres que hizo perceptible el leve murmullo de la estela bajo las estrellas. Para el capitán Berger no pasó inadvertido el ademán de Cipriano Salcedo de aproximar el reloj a los ojos:

—Es tarde —anticipó.
—Son casi las dos, capitán —dijo Salcedo—. Una hora muy oportuna para retirarse a descansar.
 
Miguel Delibes, en El hereje (1998)

21 de octubre de 2024

Ya no me dirigía a la calle sino hacia el futuro

En ese momento entró una enfermera y yo aproveché la ocasión para irme, sin despedirme de él, dejando solo para mi madre y mi hermana un vago adiós. Y me fui. Lo que no sospechaba, claro está, es que el camino que iniciaba en ese instante fuese tan largo y tan definitivo, porque ya no me dirigía a la calle sino hacia el futuro, era allí donde comenzaba mi verdadero futuro, el que con el correr de los años me traería hasta esta mañana en que escribo estas líneas, deudoras, como casi todo lo que he escrito en mi vida, de aquella tarde incesante de mayo. Y es que a veces el pasado no acaba nunca de pasar [...].
 
Sí, aquel hombre era demasiado padre para mí. O yo poco hijo para él.

Y ahora, en aquella noche de septiembre, se abría ante nosotros un futuro incierto pero prometedor. Yo no sabía entonces que la muerte de mi padre habría de causarme años después —cuando empecé a comprenderlo, a admirarlo, a compadecerme de él, a saldar la deuda de todo el cariño y la gratitud que le debía— una pena honda e inconsolable, la más grande que he tenido nunca, y una pesada culpa que cargaré para los restos, y por eso aquella noche me sentía liberado, liviano, pensando que ya nunca más habría de oír la garrota en la percha, aquel golpe sobrecogedor, aunque oscuramente intuía que algo muy grande había ocurrido en mi vida, y que allí, con aquella ligereza de espíritu, comenzaba para mí una nueva edad, un principio de madurez que habría de definir ya para siempre mi carácter, y acaso también mi futuro.

Luis Landero, en El balcón en invierno (2014)

13 de octubre de 2024

Del fuego saldré hecho ya pan blanco

La voluntad, que es lo contrario de una satisfacción en reposo, es en sí misma algo fundamentalmente desdichado; es inquietud, es apetencia de algo, es ansia, es nostalgia, es avidez, es anhelo, es padecimiento [...].
 
No: el aburrimiento. Pues toda la vida humana oscila entre el dolor y el aburrimiento. El dolor es lo positivo; el placer es su mera supresión, es decir, algo negativo, y se convierte enseguida en aburrimiento [...]. ¿Deseos cumplidos? Los hay [...]. Por lo demás, el contento es solo aparente, pues el deseo cumplido deja pronto su lugar a otro nuevo. Ningún objeto alcanzado de la volición puede proporcionar un contento duradero; se parece tan solo a la limosna que, arrojada al mendigo, prolonga de hoy para mañana su vida de miserias [...].
 
¿Es, pues, el mundo un infierno? No del todo; solo lo es de manera aproximada. Es como una especie de gusto anticipado del infierno. Parecido al infierno, desde luego; pues de antemano es seguro lo siguiente: que toda configuración de la voluntad de vivir —voluntad que es la locura metafísica misma, un error terrible, un pecado, el pecado en sí— solo puede ser siempre algo emparentado con el infierno [...]. El mundo real es el producto de un acto archipecador, archiloco, de la voluntad, un acto que no debería haber ocurrido jamás. Y si el mundo real no se ha convertido en el infierno auténtico y perfecto, ello se debe tan solo a que la vehemencia de la voluntad de vivir no ha sido suficiente como para lograrlo del todo. Si esa voluntad de vivir hubiera sido tan solo un poco más intensa, si hubiera sido todavía un poco más voluntad de vivir, entonces el infierno sería perfecto.
 
Thomas Mann, en Schopenhauer, Nietzsche, Freud (1947). Traducción de Andrés Sánchez Pascual

* * *

Y ahora pregunto aquí:
¿quién es el último que habla, el sepulturero o el poeta?
¿He aprendido a decir «Belleza», «Luz», «Amor» y «Dios»
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No. He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el viento
para crear mi gloria con mi llanto.

¡Eh, Muerte..., escucha!
Yo soy el último que hablo:
El miedo y la ceguera de los hombre han llenado de viento tu cráneo,
han henchido de viento tu cráneo,
han henchido de orgullo tus huesos
y hasta el trono de un dios te han levantado.

Y eres necia y altiva como un dictador totalitario.
Tiraste un día una gran línea negra sobre el globo terráqueo;
te atrincheraste en los sepulcros y dijiste:
«¡Atrás! ¡Atrás, seres humanos...!».
Y no eres más que un segador, un esforzado segador... un buen criado.
Tu guadaña no es un cetro sino una herramienta de trabajo.
En el gran ciclo, en el gran engranaje solar y planetario,
tú eres el que corta la espiga, y yo ahora...
el grano, el grano de la espiga que cae bajo tu esfuerzo necesario.
Necesario... no para tu orgullo
sino para ver cómo logramos entre todos un pan dorado y blanco.

Desde tu filo iré al molino.
En el molino me morderán las piedras de basalto,
como dos perros a un mendigo hasta quitarme los harapos.
Perderé la piel, la forma y la memoria de todo mi pasado.
Desde le molino iré a la artesa.
En la artesa me amasarán, sudando, y sin piedad unos robustos brazos.
Y un día escribirán en los libros sagrados:
«El segundo hombre fue de masa cruda como el primero fue de barro».
Luego entraré en el horno... en el infierno.
Del fuego saldré hecho ya pan blanco y habrá pan para todos.
Podréis partir y repartir mi cuerpo en miles y millones de pedazos...
podréis hacer entonces con el hombre una hostia blanquísima...
el pan ázimo donde el Cristo se albergue.
Y otro día dirán en los libros sagrados:
«El primer hombre fue de barro, el segundo de masa cruda
y el tercero de pan y luz».
 
Será un sábado cuando se cumplan las grandes Escrituras...
Entre tanto, a trabajar con humildad y sin brabatas, Segador Esforzado.

Segador esforzado, de León Felipe (1884-1968)

11 de octubre de 2024

No sabiendo los oficios los haremos con respeto

León Felipe

Ser en la vida romero,
romero solo que cruza siempre por caminos nuevos.
Ser en la vida romero,
sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.
Ser en la vida romero, romero…, solo romero.
Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo,
pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el mismo suelo,
ni el tablado de la farsa, ni la losa de los templos
para que nunca recemos
como el sacristán los rezos,
ni como el cómico viejo
digamos siempre los versos.
La mano ociosa es quien tiene más fino el tacto en los dedos,
decía el príncipe Hamlet, viendo
cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo tiempo
un sepulturero.
No sabiendo los oficios los haremos con respeto.
Para enterrar a los muertos
como debemos
cualquiera sirve, cualquiera… menos un sepulturero.
Un día todos sabemos
hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo
la hizo Sancho el escudero
y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma ni en el cuerpo.
Pasar por todo una vez, una vez solo y ligero,
ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento
y bajo todos los cielos,
poetas, nunca cantemos
la vida de un mismo pueblo
ni la flor de un solo huerto.
Que sean todos los pueblos
y todos los huertos nuestros.
 
Romero solo, de León Felipe (1884-1968)

10 de octubre de 2024

Era su muerto

Créditos a quien corresponda

«¿Te importa que pase a verlo?» «Al contrario, mujer». «Lo dicho, Carmen». Y las dos mujeres cruzaban las cabezas, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho, y besaban, al aire, al vacío, tal vez a algún cabello suelto, de manera que ambas sintieran el efluvio de los besos pero no su calor. «Nunca vi un muerto semejante, te lo prometo. No ha perdido siquiera el color». Y Carmen experimentaba una oronda vanidad de muerto, como si lo hubiese fabricado con las propias manos. Como Mario, ninguno; era su muerto; ella misma lo había manufacturado.

Miguel Delibes, en Cinco horas con Mario (1966)