La voluntad, que es lo contrario de una satisfacción en reposo, es en sí misma algo fundamentalmente desdichado; es inquietud, es apetencia de algo, es ansia, es nostalgia, es avidez, es anhelo, es padecimiento [...].
No: el aburrimiento. Pues toda la vida humana oscila entre el dolor y el aburrimiento. El dolor es lo positivo; el placer es su mera supresión, es decir, algo negativo, y se convierte enseguida en aburrimiento [...]. ¿Deseos cumplidos? Los hay [...]. Por lo demás, el contento es solo aparente, pues el deseo cumplido deja pronto su lugar a otro nuevo. Ningún objeto alcanzado de la volición puede proporcionar un contento duradero; se parece tan solo a la limosna que, arrojada al mendigo, prolonga de hoy para mañana su vida de miserias [...].
¿Es, pues, el mundo un infierno? No del todo; solo lo es de manera aproximada. Es como una especie de gusto anticipado del infierno. Parecido al infierno, desde luego; pues de antemano es seguro lo siguiente: que toda configuración de la voluntad de vivir —voluntad que es la locura metafísica misma, un error terrible, un pecado, el pecado en sí— solo puede ser siempre algo emparentado con el infierno [...]. El mundo real es el producto de un acto archipecador, archiloco, de la voluntad, un acto que no debería haber ocurrido jamás. Y si el mundo real no se ha convertido en el infierno auténtico y perfecto, ello se debe tan solo a que la vehemencia de la voluntad de vivir no ha sido suficiente como para lograrlo del todo. Si esa voluntad de vivir hubiera sido tan solo un poco más intensa, si hubiera sido todavía un poco más voluntad de vivir, entonces el infierno sería perfecto.
Thomas Mann, en Schopenhauer, Nietzsche, Freud (1947). Traducción de Andrés Sánchez Pascual
* * *
Y ahora pregunto aquí:
¿quién es el último que habla, el sepulturero o el poeta?
¿He aprendido a decir «Belleza», «Luz», «Amor» y «Dios»
para que me tapen la boca cuando muera,
con una paletada de tierra?
No. He venido y estoy aquí,
me iré y volveré mil veces en el viento
para crear mi gloria con mi llanto.
¡Eh, Muerte..., escucha!
Yo soy el último que hablo:
El miedo y la ceguera de los hombre han llenado de viento tu cráneo,
han henchido de viento tu cráneo,
han henchido de orgullo tus huesos
y hasta el trono de un dios te han levantado.
Y eres necia y altiva como un dictador totalitario.
Tiraste un día una gran línea negra sobre el globo terráqueo;
te atrincheraste en los sepulcros y dijiste:
«¡Atrás! ¡Atrás, seres humanos...!».
Y no eres más que un segador, un esforzado segador... un buen criado.
Tu guadaña no es un cetro sino una herramienta de trabajo.
En el gran ciclo, en el gran engranaje solar y planetario,
tú eres el que corta la espiga, y yo ahora...
el grano, el grano de la espiga que cae bajo tu esfuerzo necesario.
Necesario... no para tu orgullo
sino para ver cómo logramos entre todos un pan dorado y blanco.
Desde tu filo iré al molino.
En el molino me morderán las piedras de basalto,
como dos perros a un mendigo hasta quitarme los harapos.
Perderé la piel, la forma y la memoria de todo mi pasado.
Desde le molino iré a la artesa.
En la artesa me amasarán, sudando, y sin piedad unos robustos brazos.
Y un día escribirán en los libros sagrados:
«El segundo hombre fue de masa cruda como el primero fue de barro».
Luego entraré en el horno... en el infierno.
Del fuego saldré hecho ya pan blanco y habrá pan para todos.
Podréis partir y repartir mi cuerpo en miles y millones de pedazos...
podréis hacer entonces con el hombre una hostia blanquísima...
el pan ázimo donde el Cristo se albergue.
Y otro día dirán en los libros sagrados:
«El primer hombre fue de barro, el segundo de masa cruda
y el tercero de pan y luz».
Será un sábado cuando se cumplan las grandes Escrituras...
Entre tanto, a trabajar con humildad y sin brabatas, Segador Esforzado.
Segador esforzado, de León Felipe (1884-1968)