Salcedo emitió una apagada sonrisa:
—La Inquisición —dijo— se muestra cada día más intolerante. Ahora exige a los confesores que obliguen a los penitentes a denunciar a los que ocultan libros prohibidos. Y al que se niega no se le absuelve. Ni los obispos, ni el mismo rey están exentos de esta medida.
El capitán Berger, que había estado recostado en la barandilla, dio media vuelta y se acodó en ella:
—Tengo entendido —dijo— que cada vez que la Inquisición condena a un hombre por causa de un libro, este libro queda en entredicho. Y no me refiero solamente a obras anticristianas. El Catálogo de Lovaina, por ejemplo, prohibió hace seis años la Biblia y el Nuevo Testamento traducidos al castellano. Es cosa sabida que el pueblo español está condenado a desconocer el libro de libros.
Cipriano Salcedo miró de reojo al capitán antes de hacer esta observación:
—La afición a la lectura ha llegado a ser tan sospechosa que el analfabetismo se hace deseable y honroso. Siendo analfabeto es fácil demostrar que uno está incontaminado y pertenece a la envidiable casta de los cristianos viejos.
Se abrió un alto silencio entre los dos hombres que hizo perceptible el leve murmullo de la estela bajo las estrellas. Para el capitán Berger no pasó inadvertido el ademán de Cipriano Salcedo de aproximar el reloj a los ojos:
—Es tarde —anticipó.
—Son casi las dos, capitán —dijo Salcedo—. Una hora muy oportuna para retirarse a descansar.
Miguel Delibes, en El hereje (1998)
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