30 de octubre de 2024

Río arriba

—¿Crees que el pasado puede repetirse?
—Es difícil —dije para no comprometerme.

Siempre me planteaba adivinanzas así. Veía en mí una inteligencia semejante a la suya, capacitada para la lógica y las matemáticas, y creía que su deber era ponerla a prueba.

—Mira ese torrente, ¿lo ves? —dijo—. Hagamos como si el agua fuese el tiempo que corre. Si aquí donde estamos es el presente, ¿en qué lado crees que está el futuro?

Reflexioné. Parecía fácil. Di la respuesta más obvia:

—El futuro está donde va el agua, hacia allá.
—Error— decretó mi padre—. Por suerte.

[...]
 
Pero aquel día había experimentado algo, una repentina sensación de intimidad que, al mismo tiempo, me atraía y asustaba, como un desfiladero en un terreno desconocido. Para tranquilizarme busqué una imagen en mi cabeza. Pensé en el torrente: en la charca, en la pequeña cascada, en las truchas que movían la cola para permanecer inmóviles, en las hojas y en las ramitas que llevaba la corriente. Y luego en las truchas que saltaban hacia sus presas. Comencé a comprender un hecho, a saber, que todas las cosas, para un pez de río llegan del monte: insectos, ramas, hojas, cualquier cosa. Por eso mira hacia arriba, a la espera de lo que ha de llegar. Si el punto en que te sumerges en un río es el presente, pensé, entonces el pasado es el agua que te ha adelantado, la que va hacia abajo y donde ya no hay nada para ti, mientras que el futuro es el agua que desciende de arriba, trayendo peligros y sorpresas. El pasado está río abajo; el futuro, río arriba. Eso es lo que tenía que haberle respondido a mi padre. Sea lo que sea el destino, habita en las montañas que tenemos sobre la cabeza.
 
Paolo Cognetti, en Las ocho montañas (2016). Traducción de César Palma.

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