En ese momento entró una enfermera y yo aproveché la ocasión para irme, sin despedirme de él, dejando solo para mi madre y mi hermana un vago adiós. Y me fui. Lo que no sospechaba, claro está, es que el camino que iniciaba en ese instante fuese tan largo y tan definitivo, porque ya no me dirigía a la calle sino hacia el futuro, era allí donde comenzaba mi verdadero futuro, el que con el correr de los años me traería hasta esta mañana en que escribo estas líneas, deudoras, como casi todo lo que he escrito en mi vida, de aquella tarde incesante de mayo. Y es que a veces el pasado no acaba nunca de pasar [...].
Sí, aquel hombre era demasiado padre para mí. O yo poco hijo para él.
Y ahora, en aquella noche de septiembre, se abría ante nosotros un futuro incierto pero prometedor. Yo no sabía entonces que la muerte de mi padre habría de causarme años después —cuando empecé a comprenderlo, a admirarlo, a compadecerme de él, a saldar la deuda de todo el cariño y la gratitud que le debía— una pena honda e inconsolable, la más grande que he tenido nunca, y una pesada culpa que cargaré para los restos, y por eso aquella noche me sentía liberado, liviano, pensando que ya nunca más habría de oír la garrota en la percha, aquel golpe sobrecogedor, aunque oscuramente intuía que algo muy grande había ocurrido en mi vida, y que allí, con aquella ligereza de espíritu, comenzaba para mí una nueva edad, un principio de madurez que habría de definir ya para siempre mi carácter, y acaso también mi futuro.
Luis Landero, en El balcón en invierno (2014)
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