«¿Te importa que pase a verlo?» «Al contrario, mujer». «Lo dicho, Carmen». Y las dos mujeres cruzaban las cabezas, primero del lado izquierdo, luego, del lado derecho, y besaban, al aire, al vacío, tal vez a algún cabello suelto, de manera que ambas sintieran el efluvio de los besos pero no su calor. «Nunca vi un muerto semejante, te lo prometo. No ha perdido siquiera el color». Y Carmen experimentaba una oronda vanidad de muerto, como si lo hubiese fabricado con las propias manos. Como Mario, ninguno; era su muerto; ella misma lo había manufacturado.
Miguel Delibes, en Cinco horas con Mario (1966)

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