30 de mayo de 2023

Tan noble non saliera

Si Dios, quando formó el omne, entendiera
que era mala cosa la muger, non la diera
al omne por compaña nin d'él non la fiziera;
si para bien non fuera, tan noble non saliera.


Juan Ruiz, arcipreste de Hita, en Libro de buen amor (1330-1343)

28 de mayo de 2023

¿Quánd sanarad?

Vayse meu corachón de mib,
¡ya, Rab!, ¿si me tornarad?
¡Tan mal meu doler li-l-habib!
Enfermo yes, ¿quánd sanarad?

* * *

Vase mi corazón de mí,
¡oh, Dios!, ¿acaso volverá?
¡Es tan fuerte mi dolor por el amado!
Enfermo está, ¿cuándo sanará?


Jarcha de la lírica hispanohebrea compuesta por Yehudá ha-Leví (s. XII)

18 de mayo de 2023

Yo sé quién soy

Y acertó a pasar Pedro Alonso, un labrador vecino suyo, que le levantó del suelo, le reconoció, le recogió y le llevó a su casa. Y no se entendieron en el camino, en la plática que hubieron entre ambos, plática de que sin duda tuvo noticia Cervantes por el mismo Pedro Alonso, varón sencillo y de escasas comprendederas. Y en esta plática es cuando don Quijote pronunció aquella sentencia tan preñada de sustancia que dice: ¡Yo sé quién soy!

Sí, él sabe quién es y no lo saben ni pueden saberlo los piadosos Pedros Alonsos. ¡Yo sé quién soy! —dice el héroe—, porque su heroísmo le hace conocerse a sí propio. Puede el héroe decir: «yo sé quién soy», y en esto estriba su fuerza y su desgracia a la vez. Su fuerza, porque como sabe quién es, no tiene por qué temer a nadie sino a Dios, que le hizo ser quien es, y su desgracia, porque solo él sabe, aquí en la tierra, quién es él, y como los demás no lo saben, cuanto él haga o diga se les aparecerá como hecho o dicho por quien no se conoce, por un loco.

Cosa tan grande como terrible la de tener una misión de que solo es sabedor el que la tiene y no puede a los demás hacerles creer en ella; la de haber oído en las reconditeces del alma la voz silenciosa de Dios que dice: «tienes que hacer esto», mientras no les dice a los demás: «este mi hijo que aquí veis tiene esto que hacer». Cosa terrible haber oído: «haz eso; haz eso que tus hermanos, juzgando por la ley general con que os rijo, estimarán desvarío o quebrantamiento de la ley misma; hazlo, porque la ley suprema soy Yo que te lo ordeno». Y como el héroe es el único que lo oye y lo sabe, y como la obediencia a ese mandato y la fe en él es lo que le hace, siendo por ello héroe, ser quien es, puede muy bien decir: «yo sé quién soy, y mi Dios y yo solo lo sabemos y no lo saben los demás». Entre mi Dios y yo —puede añadir— no hay ley alguna medianera; nos entendemos directa y personalmente, y por eso sé quién soy. ¿No recordáis al héroe de la fe, a Abraham, en el monte Moriá?

Grande y terrible cosa el que sea el héroe el único que vea su heroicidad por dentro, en sus entrañas mismas, y que los demás no la vean sino por fuera, en sus extrañas; es lo que hace que el héroe viva solo en medio de los hombres y que esta su soledad le sirva de una compañía confortadora; y si me dijerais que alegando semejante revelación íntima podría cualquiera, con achaque de sentirse héroe suscitado por Dios, levantarse a su capricho, os diré que no basta decirlo y alegarlo, sino es menester creerlo. No basta exclamar «¡Yo sé quién soy!», sino es menester saberlo, y pronto se ve el engaño del que lo dice y no lo sabe y acaso ni lo cree. Y si lo dice y lo cree, soportará resignado la adversidad de los prójimos que le juzgan con la ley general, y no con Dios.

¡Yo sé quién soy! Al oír esta arrogante afirmación del caballero, no faltará quien exclame: «¡Vaya con la presunción del hidalgo!… Llevamos siglos diciendo y repitiendo que el ahínco mayor del hombre debe ser el de buscar conocerse a sí mismo, y que del propio conocimiento arranca toda salud, y se nos viene el muy presuntuoso con un redondo: ¡Yo sé quién soy! Esto solo basta para medir lo hondo de su locura».

Pues bien, te equivocas tú el que dices eso; don Quijote discurría con la voluntad, y al decir «¡yo sé quién soy!» no dijo sino «¡yo sé quién quiero ser!» Y es el quicio de la vida humana toda: saber el hombre lo que quiere ser. Te debe importar poco lo que eres; lo cardinal para ti es lo que quieras ser. El ser que eres no es mas que un ser caduco y perecedero, que come de la tierra y al que la tierra se lo comerá un día; el que quieres ser es tu idea en Dios, Conciencia del Universo; es la divina idea de que eres manifestación en el tiempo y el espacio. Y tu impulso querencioso hacia ese que quieres ser, no es sino la morriña que te arrastra a tu hogar divino. Solo es hombre hecho y derecho el hombre cuando quiere ser más que hombre. Y si tú, que así reprochas su arrogancia a don Quijote, no quieres ser sino lo que eres, estás perdido, irremisiblemente perdido [...].

Solo el héroe puede decir «¡yo sé quién soy!», porque para él ser es querer ser; el héroe sabe quién es, quién quiere ser, y solo él y Dios lo saben, y los demás hombres apenas saben ni quién son ellos mismos, porque no quieren de veras ser nada, ni menos saben quién es el héroe; no lo saben los piadosos Pedros Alonsos que le levantan del suelo.


Miguel de Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho (1905)

13 de mayo de 2023

Penetradas de su propia miseria

Ya le tenemos armado caballero por un bellaco, que harto de hurtar la vida a salto de mata, la asegura desvalijando a mansalva a los viandantes, y por dos rameras adoncelladas. Tales le entraron en el mundo de la inmortalidad, en que habían de reprenderle canónigos y graves eclesiásticos. Ellas, la Tolosa y la Molinera, le dieron de comer; ellas le ciñeron espada y le calzaron espuela, mostrándose con él serviciales y humildes. Humilladas de continuo en su fatal profesión, penetradas de su propia miseria y sin siquiera el orgullo hediondo de la degradación, fueron adoncelladas por Don Quijote y elevadas por él a la dignidad de doñas. Fue el primer entuerto del mundo enderezado por nuestro Caballero, y como todos los demás que enderezó, torcido queda. ¡Pobres mujeres que sencillamente, sin ostentación cínica, doblan la cerviz a la necesidad del vicio y a la brutalidad del hombre, y para ganarse el pan, se resignan a la infamia! ¡Pobres guardadoras de la virtud ajena, hechas sumideros de lujuria, que estancándose mancharía a las otras! Fueron las primeras en acoger al loco sublime; ellas le ciñeron espada, ellas le calzaron espuela, y de sus manos entró en el camino de la gloria.
 
Miguel de Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho (1905)

En las entrañas de la madre tierra

La arenga en sí tiene poco que desentrañar. Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados… y lo que sigue. No nos sorprenda oír a don Quijote cantar los tiempos que fueron. Es la visión del pasado lo que nos empuja a la conquista del porvenir; con madera de recuerdos armamos las esperanzas. Solo lo pasado es hermoso: la muerte lo hermosea todo. ¿Creéis que cuando el arroyo llega al mar, al enfrentarse con el abismo que va a tragarle, no sueña con la escondida fuente de que brotó y no querría, si pudiera, remontar su curso? De ir a perderse, perderse más bien en las entrañas de la madre tierra.
 
Miguel de Unamuno, en Vida de don Quijote y Sancho (1905)

4 de mayo de 2023

Come, bebe y anímate

Los dolores de parto la llevaron junto al tronco de una palmera. Exclamó: "Preferiría haber muerto antes que esto, y así hubiera sido olvidada completamente". Entonces [el ángel] la llamó desde abajo [del valle]: "No estés triste, tu Señor ha hecho fluir debajo de ti un arroyo. Sacude el tronco de la palmera y caerán sobre ti dátiles frescos. Come, bebe y anímate".
 
Sura de María: 23-26 (traducción de Isa García)