30 de agosto de 2022

Morandi

Una lámpara. Un vaso. Una botella.
Sin más utilidad ni pertenencia
que estar ahí, que dar a la conciencia
un soporte casual. Mas no la huella

del hombre que la enciende o que los usa
para beber: todo ha sido blanqueado
o cubierto de cal y nada acusa
abandono, descuido ni cuidado.

Sólo la luz es familiar y escueta,
el relieve eficaz; la sombra neta
se alarga en el mantel. El día quedo

sigue el paso del tiempo con su vaga
irrealidad. La tarde ya se apaga.
Los objetos se abrazan: tienen miedo.
 
 
📔 Severo Sarduy, en Un testigo fugaz y disfrazado (1985)
 
 

Bodegones de Giorgio Morandi

28 de agosto de 2022

Castilla

El ciego sol se estrella
en las duras aristas de las armas,
llaga de luz los petos y espaldares
y flamea en las puntas de las lanzas.

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.

Cerrado está el mesón a piedra y lodo.
Nadie responde. Al pomo de la espada
y al cuento de las picas, el postigo
va a ceder… ¡Quema el sol, el aire abrasa!

A los terribles golpes
de eco ronco, una voz pura, de plata
y de cristal, responde... Hay una niña
muy débil y muy blanca
en el umbral. Es toda
ojos azules; y en los ojos, lágrimas.
Oro pálido nimba
su carita curiosa y asustada.
 
—Buen Cid, pasad… El rey nos dará muerte,
arruinará la casa
y sembrará de sal el pobre campo
que mi padre trabaja...
Idos. El cielo os colme de venturas...
En nuestro mal, oh Cid, no ganáis nada.

Calla la niña y llora sin gemido...
Un sollozo infantil cruza la escuadra
de feroces guerreros,
y una voz inflexible grita: —¡En marcha!

El ciego sol, la sed y la fatiga.
Por la terrible estepa castellana,
al destierro, con doce de los suyos
—polvo, sudor y hierro—, el Cid cabalga.


📔 Manuel Machado, en Alma (1900)

27 de agosto de 2022

Los siete infantes de Lara

- 2 -

Malos agüeros


Esora enbió dezir por un escudero a sus sobrinos
[...]
en la entrada del monte ovieron a par del camino
un águila cabdal ferrera que estava encima de un pino.
Mucho l' pesó de coraçón a ese Nuño Salido:
"Estas aves nos lo muestran: tornemos nos, míos fijos"...
"...dos días ha que nos atiende nuestro tío don Rodrigo"...
e dexóse caer en tierra muerta a pie del pino.

- 3 -

Se descubre la traición


"Dios del cielo, el tu poder es mayor,
señor, tu nos ayuda que traídos somos oy.
Tío, ¿qué señas son aquéllas? Malas son para nós."

- 5 -

Muerte de los infantes

Matáronles los cavallos quando los vieron sin armas,
los ovieron apeados, e todos descabeçaban
a ojo de Ruy Velásquez, así como él les mandava.
Pero Gonçalo González aún por descabeçar estava...
dexóse ir a aquel moro que los descabeçava
e diole en la garganta una tan grant puñada
que dio con él muerto en tierra, e tomó luego su espada,
con ella mató veinte moros que arrededor dél estavan.
Mas los moros non cataron por las feridas que les dava,
se ayuntaron e le tomaron; la cabeça le quitaban.

Ya son muertos los infantes, ¡Dios les haya las almas!
Alicante a Ruy Velázquez en el ombro le besaba.
Ruy Velázquez a Alicante de coraçón le abraçava:
"D' aquí adelant nuestra facienda avémosla librada,
non ha de que nos temer en Castiella nin en Lara."
"Don Rodrigo, esta batalla cuesta a nos muy cara"...
"Digades a Almançor que me envíe sus parias."
"Enviad vós por ellas con mensajeros e cartas."
 
- 7 -

Lamento fúnebre de don Gonzalo

Llorando de los sus ojos dixo entonces a Almançor:

"Bien conosco estas cabeças por mis pecados, señor,
conosco las siete, ca de los míos fijos son,
la otra es de Muño Salido, su amo que los crió.

¡Non las quiso muy grant bien quien aquí las ayuntó!
Captivo desconortado para siempre so"...

Colgada çerca de sí estar una espada vio,
e tomóla en la mano e al corral salió,
con tres moros que eran guardas del rey así topó,
e cuidaron que fuía; las cabeças les cortó.

Con su espada en la mano en la rúa desí saltó,
a todos los matava quantos ý falló,
así omnes como mugeres, que a ninguno non fazía amor.
E ovo d' él muy grant duelo Almançor quando esto vio,
e dixo a Alicante que mandase dar pregón...

E pues Gonçalo Gustios a las cabeças se tornó,
e muy bien del polvo e de la sangre las alinpió
e púsolas en az, como cada una nasció,
estavan lo oteando Alicante e Almançor.
 
- 8 -

Lamento por Muño Salido

Tomó primero en sus braços la cabeça de Muño Salido
e razonóse con ella como si fuese bivo:

"Sálvevos Dios, Muño Salido, mi conpadre e mi amigo,
dadme cuenta de los míos fijos que en vuestras manos ove metido,
por do en Castiella e en León erades vós muy temido
e de mejores que vos érades servido.

¡De Dios seades perdonado, conpadre e amigo,
si fuestes vós en consejo con su tío don Rodrigo,
lo que vos non faríades por lo que en vós no avía visto!

Cataríades los agüeros como amo e padrino,
non vos querría creer Gonçalo Gonçález mi fijo,
ca se doldría de mí que yazía en cativo.
E perdonatme, conpadre e mi buen amigo,
que mucha falsedat sobre vós he dicho."

- 9 -

Lamento por Diego

La cabeça de Muño Salido tornóla en su lugar
e la de Diego Gonçález su fijo el mayor fue a tomar,
mesando sus cabellos e las barbas de su faz,
¡Viejo so mesquino para estas bodas bofordare!

Fijo Diego Gonçález, a vos quería yo mase
fazialo con derecho ca vos naçiérades ante.
Grant bien vos quería el conde ca érades su mayor alcaide
tan bien tovistes la su seña en el vado de Cascajare,
a guisa de mucho ardido, muy onrada la sacastes.

Fezistes, fijo, en ese día un esfuerzo muy grande:
alçaste la seña, metístesla en la mayor haze,
fue tres vezes abaxada e tres vezes la alçastes
e matastes con ella dos reyes e un alcaide.

Por esto en arriba los moros oviéronse de arrancare,
metíense por las tiendas que non avían vagare,
e vós yendo en ese día en pos ellos en alcançe
fue de vós muy bien servido el conde Garci Fernández.
¡Bueno fuera Ruy Velázquez si ese día finase!

Trasnocharon los moros, fuéronse para Gormaze.
Diovos ese día el conde a Caraço por heredat,
la media poblada e la media por poblar;
desque vós moristes, fijo, lo poblado se despoblaráve."

Besó la cabeça e tornola a su lugar.
Cada uno como nasçió así las iva tomare.

- 10 -

Lamento por Martín

La cabeça de Martín Gonçález en braços la tomava.

"O fijo Martín Gonçález, persona mucho onrada,
¿quién podría asmar que en vós avía tan buena maña?
Tal jugador de tablas non avía en toda España;
muy mesurada miente vos fablávades en plaça,
bien plazía ende a todos los que vos escuchavan.

Pues vos sodes muertos, por mí non daría nada,
que viva o que muera de mí ya no me incala,
mas he muy fiero duelo de vuestra madre doña Sancha:
sin fijos e sin marido fincará tan desconortada."

Besó la cabeça llorando e a su lugar tornava
e la de Suer Gonçález en braços tomava.

- 11 -

Lamento por Suero

"Fijo Suero Gonçález, cuerpo tan leale,
de las vuestras buenas mañas un rey se devía pagare,
de muy buen caçador no avíe en el mundo vuestro par
en caçar muy bien con aves e a su tiempo las mudar.

¡Malas bodas vos guisó el hermano de vuestra madre,
metió a mí en cativo e a vós fizo descabeçar:
los nasçidos e por nascer traidor por ende le dirán!".

- 12 -

Lamento por Fernando

Besó la cabeça llorando e en su lugar la dexóve,
la de Fernant Gonçález en braços la tomóve.

"Fijo, cuerpo honrado, e nombre de buen señore,
del conde Fernant Gonçález, ca él vos bateó.
De las vuestras mañas, fijo, pagar se devía un enperador;
matador de oso e de puerco e de cavalleros señore,
quier de cavallo quier de pie que ningún otro mejor.

Nunca rafezes compañas, fijo, amastes vós,
e muy bien vos aveníades con las más altas e mejores.
¡Vuestro tío don Rodrigo malas bodas vos guisó:
a vós fizo matar e a mí metió en prisión,
traidor le llamarán quantos por nascer son!"

- 13 -

Lamento por Rodrigo

Besó la cabeça llorando e en su lugar la miso;
la de Ruy Gonçález en braços la priso.

"Fijo, Ruy Gonçález, cuerpo muy entendido,
de las vuestras buenas mañas un rey sería conplido,
muy leal e señor e verdadero amigo,
mejor cavallero de armas que nunca omne vido.

¡Malas bodas vos guisó vuestro tío don Rodrigo:
a vos fizo descabeçar e a mí metió en cativo!
Hevos finados d' este mundo mesquino,
él por sienpre avía perdido el paraíso."

- 14 -

Lamento por Gustios

Besó la cabeça llorando e en su lugar la dexava;
la de Gustios Gonçález en braços la tomava,
de polvo e de la sangre muy bien la alinpiava,
faziendo fiero duelo por los ojos la besava.

"Fijo Gustios Gonçález, avíades buena maña:
non dixérades una mentira por quant maña es España.
Cavallero de buena guisa, buen feridor d' espada:
ninguno feristes con ella que no perdiese el alma.
¡Malas nuevas irán, fijo, de vós al alfoz de Lara!"

- 15 -

Lamento por Gonzalo

Besó la cabeça con lágrimas e púsola en su lugar,
e la de Gonçalo su fijo el menor fue tomar,
mesando sus cabellos, faziendo duelo grande.

"Fijo Gonçalo Gonçález, a vós amava más vuestra madre.
Las vuestras buenas mañas ¿quí las podría contare?:
buen amigo para amigos e para señor, leale;
conosçedor de derecho, amárades lo judgar,
en armas esforçado, a los vuestros franquear,
alançador de tablado nunca omne lo vido tale;
con dueñas e donzellas sabíades muy bien fablar
e dávades las vuestras donas muy de voluntad
donde érades más amado que otro cavallero de prestar
meester avía agudeza quien con vos razonase,
mucho sería agudo si la primera non levase.

Los que me temían por vós, enemigos me serán,
aunque yo torne a Lara, nunca valdré un pan;
non he pariente ni amigo que me pueda vengar:
¡más me valdría la muerte que esta vida tal!

E en esto comediendo, amortescido se ha,
la cabeça de las manos sobre las otras se le cae,
quando cayó en tierra de sí no sabía parte.

Pesó mucho a Almançore e començó de llorare;
con grant duelo que d' él ovo dixo contra Alicante:
"Non morrá aquí don Gonçalo por quanto Córdova vale,
ca yo vi quánta traición a él fizo Ruy Velázquez."

 
📔 Los siete infantes de Lara, poema anónimo del siglo XI reconstruido por Ramón Menéndez Pidal.

26 de agosto de 2022

Tres cosas

Petite aubergine, de Naomi Hughes

 
Tres cosas me tienen preso
de amores el corazón,
la bella Inés, el jamón,
y berenjenas con queso.

Esta Inés, amantes, es
quien tuvo en mí tal poder,
que me hizo aborrecer
todo lo que no era Inés.
Trájome un año sin seso,
hasta que en una ocasión
me dio a merendar jamón
y berenjenas con queso.

Fue de Inés la primer palma;
pero ya juzgarse ha mal
entre todos ellos cuál
tiene más parte en mi alma.
En gusto, medida y peso
no le hallo distinción:
ya quiero Inés, ya jamón,
ya berenjenas con queso.

Alega Inés su bondad,
el jamón que es de Aracena,
el queso y la berenjena
la española antigüidad.
Y está tan en fiel el peso
que, juzgado sin pasión,
todo es uno, Inés, jamón,
y berenjenas con queso.

A lo menos este trato
destos mis nuevos amores
hará que Inés sus favores
nos los venda más barato.
Pues tendrá por contrapeso
si no hiciere razón,
una lonja de jamón
y berenjenas con queso.
 
 
📔 Baltasar del Alcázar (1530-1606)

24 de agosto de 2022

De dónde vienes

Si alguna vez te oigo
hablar de padre, madre, hermanos,
mi imaginar no vence a la extrañeza
de que sea tu existir originado en otros,
en otros repetido,
cuando único me parece,
creado por mi amor; igual al árbol,
a la nube o al agua
que están ahí, mas nuestros
son y vienen de nosotros
porque una vez les vimos
como jamás les viera nadie antes.
 
Un puro conocer te dio la vida. 


📔 Luis Cernuda, en Poemas para un cuerpo (1954)

23 de agosto de 2022

Camino a Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Pide que el camino sea largo.
Que muchas sean las mañanas de verano
en que llegues —¡con qué placer y alegría!—
a puertos nunca vistos antes.
Detente en los emporios de Fenicia
y hazte con hermosas mercancías,
nácar y coral, ámbar y ébano
y toda suerte de perfumes sensuales,
cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
Ve a muchas ciudades egipcias
a aprender, a aprender de sus sabios.

Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero no tiene ya nada que darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las ítacas.


📔 Constantino Cavafis

22 de agosto de 2022

Horas alegres que pasáis volando...

Horas alegres que pasáis volando
porque a vueltas del bien mayor mal sienta;
sabrosa noche que en tan dulce afrenta
el triste despedir me vas mostrando;

importuno reloj, que apresurando
tu curso, mi dolor me representa;
estrellas con quien nunca tuve cuenta,
que mi partida vais acelerando;

gallo que mi pesar has denunciado;
lucero que mi luz va obscureciendo;
y tú, mal sosegada y moza aurora;

si en vos cabe dolor de mi cuidado,
id poco a poco el paso deteniendo,
si no puede ser más, siquiera un hora.
 
 
📔 Soneto XXII de Gutierre de Cetina

21 de agosto de 2022

Yo fui

Yo fui.
Columna ardiente, luna de primavera.
Mar dorado, ojos grandes.

Busqué lo que pensaba;
pensé, como al amanecer en sueño lánguido,
lo que pinta el deseo en días adolescentes.
Canté, subí,
fui luz un día
arrastrado en la llama.

Como un golpe de viento
que deshace la sombra,
caí en lo negro,
en el mundo insaciable.

He sido.


📔 Luis Cernuda, en Donde habite el olvido (1932-33)

20 de agosto de 2022

Malestar y noche

Abejaruco.
En tus árboles oscuros.
Noche de cielo balbuciente
y aire tartamudo.

Tres borrachos eternizan
sus gestos de vino y luto.
Los astros de plomo giran
sobre un pie.
                    Abejaruco.
En tus árboles oscuros.

Dolor de sien oprimida
con guirnaldas de minutos.
¿Y tu silencio? Los tres
borrachos cantan desnudos.
Pespunte de seda virgen
tu canción.
                    Abejaruco.
Uco uco uco uco.
                    Abejaruco.
 
 
📔 Federico García Lorca, en Canciones (1921-24).

19 de agosto de 2022

Soldado sí

Madre dicen que debemos
ir a matar o a morir
y los que lo dicen madre
y los que lo dicen madre
nos están matando aquí.

Soldado así yo no quiero
soldado yo
soldado contra mi hermano
soldado no.

Frente al tirano y sus leyes
yo mi corazón pondría
para que volviera al aire
para que volviera al aire
por tu casa y por la mía.

Soldado así yo sería
soldado así
soldado junto a mi hermano
soldado sí.
 
 
📔 José Agustín Goytisolo, en Palabras para Julia y otros poemas (1979)

18 de agosto de 2022

El panteón del Escorial

En los amargos días
que serán luto eterno en la memoria,
y a los siglos remotos indignada
con hiel y llanto pintará la historia;
cuando después de reluchar en vano
con la dura opresión en que gemía
la tierra, sin aliento al yugo indigno
el cuello pusilánime tendía;
al tiempo que el destino,
las espantosas puertas desquiciando
del imperio del mal, sus plagas todas
sobre España lanzaba,
y ella míseramente agonizaba:
yo entonces afligido,
«Pide», dije a mi espíritu, «sus alas
a la paloma tímida, inocente;
tómalas, vuela, y huye a los desiertos,
y vive allí de la injusticia ausente».
 
Al punto presurosas
mis plantas se alejaron
a las sierras nevadas y fragosas,
lindes eternos de las dos Castillas.
Ya sus cimas hermosas
mi pensamiento alzaban
del fango en que tú, ¡oh, corte!, nos humillas
cuando mis ojos la mansión descubren
que en destinos contrarios
es palacio magnífico a los reyes
y albergue penitente a solitarios.
En vano el genio imitador su gloria
quiso allí desplegar, negando el pecho
a la orgullosa admiración que inspira;
«¡Artes brillantes!», exclamé con ira,
«¡Será que siempre esclavas
os vendáis al poder y a la mentira!
¿Qué vale, ¡oh, Escorial!, que al mundo asombres
con la pompa y beldad que en ti se encierra,
si al fin eres padrón sobre la tierra
de la infamia del arte y de los hombres?
 
»¡Mas no es tumba también...!». Y en esta idea
embebecido el pensamiento mío,
quise al recinto penetrar, en donde
bajo eterno silencio y mármol frío
la muerte a nuestros príncipes esconde.
«¡Salud, célebres urnas! En el oro,
en las pomposas letras que os coronan,
decidme, ¿qué anunciáis? ¿Tal vez memorias,
memorias, ¡ay!, en que la mente opresa
con el dolor presente
pueda aliviarse al contemplar las glorias
que un tiempo ornaban la española gente?
¡Sepulcros, responded...!». Y de repente
vuélvense de la bóveda las puertas
sobre el sonante quicio estremecido,
la antorcha muere que mis plantas guía,
y embargado el sentido,
mil terribles imágenes se ofrecen
a mi atemorizada fantasía.
 
Tú que ciñendo de laurel la frente,
con austero semblante
y en perdurable verso
presentas la verdad al universo,
sin que el halago pérfido te vicie
ni el ceño de los déspotas te espante:
¡Oh, Musa del saber!, mi voz te implora;
ven, desata mi labio, en digno acento
dame que pueda revelar ahora
lo que vi, lo que oí, cuánto escondido,
sin que los hombres a entenderlo aspiren,
yace allí entre las sombras y el olvido.
 
Un alarido agudo, lastimero,
el silencio rompió que hondo reinaba,
mientras las urnas lánguidas alumbraban
pálida luz de fósforo ligero.
Levanto al grito la aterrada frente,
y en medio de la estancia pavorosa
un joven se presenta augusto y bello.
En su lívido cuello
del nudo atroz que le arrancó la vida
aún mostraba la huella sanguinosa;
y una dama a par de él también se vía,
que, a fuer de astro benigno, entre esplendores
con su hermosura celestial sería
del mundo todo adoración y amores.
«¿Quién sois?», iba a decir, cuando a otra parte
alzarse vi una sombra, cuyo aspecto
de odio a un tiempo y horror me estremecía.
El insaciable y velador cuidado,
la sospecha alevosa, el negro encono,
de aquella frente pálida y odiosa
hicieron siempre abominable trono.
La aleve hipocresía,
en sed de sangre y de dominio ardiendo,
en sus ojos de víbora lucía;
el rostro enjuto y míseras facciones
de su carácter vil eran señales,
y blanca y pobre barba las cubría
cual yerba ponzoñosa entre arenales.
 
Los dos al verle con dolor gimieron:
paráronse, y el joven indignado,
«¿Qué te hicimos? ¡Oh, bárbaro!», exclamaba;
«¿Conoces a tus víctimas? Respeta»,
dijo el espectro, «a quien el ser debiste
por el bien del Estado al fin moriste.
Resígnate».
 
 
El príncipe Carlos
 
«¡Oh, hipócrita! La sombra
de la muerte te oculta, ¿y aún pretendes
fascinar, engañar? Cuando asolados
por tu superstición reinos enteros,
yo los osé compadecer, tú entonces
criminal me juzgaste, y al sepulcro
me hiciste descender. Mas si en el pecho
de un hijo del fanático Felipe
no pudo sin delito haber clemencia,
¿cuál fue, responde, la secreta culpa
de esta infeliz para morir conmigo?
Ni su sangre real, ni el ser tu esposa,
ni su noble candor, ni su hermosura,
de ti pudieron guarecerla».
                                            Un hondo
gemido entonces penetró los aires,
que al desplegar sus labios dio la triste.
 
 
Isabel de Valois o de la Paz
 
«¡Ay —prorumpió—, de la que nace hermosa!
¿Qué la valdrá que en su virtud confíe
si la envidia en su daño no reposa,
y la calumnia hiriéndola se ríe?
Yo di al mundo la paz, Paz me nombraron.
Quise al cruel que se llamó mi esposo
un horror impedir, y este es mi crimen.
Pedí por ti con lágrimas; mis ruegos,
cual si de un torpe amor fuesen nacidos
irritaron su mente ponzoñosa.
La vil sospecha aceleró el castigo,
y sin salvarte, perecí contigo:
¡Ay, infeliz de la que nace hermosa!».
 
Dijo; y vertiendo lastimoso llanto,
en los hombros del joven reclinada,
sus ojos melancólicos y bellos
fijaba en él, y la amistad más viva,
la más noble piedad reinaba en ellos.
Entre sus manos frías
se miraba la copa envenenada
que terminó sus días,
y el príncipe en las suyas agitando
un sangriento dogal, con faz terrible
a su bárbaro padre atormentaba.
El tirano temblaba; en sordos ecos
desesperados ayes
su boca despedía,
y de sus miembros trémulos
en convulsiones hórridas
brotaba a su despecho la agonía.
«Sí, nacer para el mal, romperse el velo
de la ilusión que arrebató hacia el crimen,
presentes ver las víctimas que gimen,
ser odio, execración del universo,
mirar que niega la implacable suerte
todo retorno al bien; ¡ay!, al perverso
este infierno tal vez en vida alcanza,
si aún le sigue a los reinos de la muerte,
¡qué terrible, oh, virtud, es tu venganza!».
    Sobrepujando en fin por un momento
la agitación, y vuelto hacia su hijo:
 

Felipe II
 
«Cesa, cruel, de atormentarme», dijo:
«Tu muerte injusta fue; pero el Estado
con ella respiró. Si tú vivieras,
rota la paz, turbada la armonía
de un imperio hasta allí quieto y sereno,
tú profanarás su inocente seno
con la atroz sedición, con la herejía».
 

El príncipe Carlos

«Mandar, solo mandar, que se estremezca
la tierra a vuestro arbitrio, este es el orden,
esta la ley con que regís al mundo
tú y tus iguales, y al ahogar la vida
de las naciones míseras que os sirven
dais el nombre de paz al desaliento
de la devastación. ¡Oh, de Felipe
hijos, nietos imbéciles, decidle
qué resta ya de la nación que un tiempo
al mundo dominó como señora.
Alzaos del polvo, y respondedle ahora».
 
A los tremendos ecos
de la imperiosa voz, que resonando
fue como trueno bronco por los huecos
de aquellas tumbas, de repente abiertos
sus mármoles, tres sombras abortaron,
que en vez de amor u horror, desprecio solo
y piedad injuriosa me inspiraron.
Alzaba al cielo sin cesar los ojos
con apariencia mística el primero,
dejando el cetro en tanto por despojos
a un mercenario vil, cuya avaricia,
mientras más atesora, más codicia.
Enjuegos, danzas, farsas distraído,
y al crótalo procaz dando el oído,
el segundo se entrega a los placeres,
y el reino y el deber pone en olvido.
Trémulo el otro respiraba apenas.
¡Oh, Dios! ¿Y esto era rey a tanto imperio?
Nulo igualmente a la virtud que al vicio,
indigno de alabanza o vituperio,
la estrella ingrata que su ser gobierna
le destinó en el mundo
a impotencia oprobiosa, a infancia eterna.
 
Violos Felipe, y en aquel momento
lució en su faz la majestad pasada.
Violos, y dijo:
 

Felipe II
 
«¿Quiénes sois? ¿Qué hicisteis
del inmenso poder que se extendía
con pasmo universal de polo a polo?
Tal os le di muriendo. Al nombre hispano,
a su esplendor y bélica fortuna
tembló el francés, se estremeció el britano,
y te oyó con terror la media luna».
 

Felipe III
 
«Yo nací para orar: un solo día
quise mostrarme rey, y de sus lares
a las arenas líbicas lanzados
un millón de mis súbditos se vieron.
Los campos todos huérfanos gimieron,
llora la industria su viudez; ¿qué importa?
Su voz no llegó a mí».
 

Felipe IV
 
                                    «Ya el trono de oro,
que a tanto afán alzaron mis abuelos,
debajo de mis pies se derrocaba;
mientras que, embebecido entre festines
yo, olvidando mi oprobio, respiraba
el aura del deleite en los jardines».
 

Carlos II
 
    «Yo, inútil...».
 

Felipe II
 
                            «Basta ya; ¿quién hay que al verte
pueda ignorar la deplorable suerte
de este imperio, en tus manos moribundo?».
 

El príncipe Carlos

«Aún no basta; responde: ¿a quién el mundo
te vio dejar el vacilante trono?
¿A quién diste el poder de Austria?».
 

Carlos II
 
                                                            «A la Francia.»
 

Felipe II
 
«¡A la Francia! ¡A esa gente abominable,
eterno horror de la familia mía!
¿Lo oyes, oh, padre? Las legiones fieras,
que en San Quintín triunfaron y en Pavía,
bajo el yugo se ven de los vencidos.
¿Cómo España es tan vil, que lo consienta?
No hay duda, un astro pérfido, inclemente,
se ha complacido en eclipsar mi nombre,
y el mundo en vano me llamó el Prudente».
 
Así en estos inútiles clamores
su confusión frenético exhalaba,
cuando las losas del sepulcro hendiendo
se vio un espectro augusto y venerable,
que a los demás en majestad vencía.
El águila imperial sobre él tendía
para dosel sus alas esplendentes,
y en arrogante ostentación de gloria
entre sus garras fieras y valientes
el rayo de la guerra arder se vía,
y el lauro tremolar de la victoria.
Un monte de armas rotas y banderas
de bélicos blasones
ante sus pies indómitos yacía
despojo que a su esfuerzo las naciones
vencidas, derrotadas, le rindieron.
Las sombras a su aspecto enmudecieron,
y él, con fiero ademán vuelto al tirano,
dijo:
 
 
Carlos V
 
«¿Por qué culpar a las estrellas
de esa mengua cruel? ¿Por qué te olvidas
de tu ambición fanática y sedienta,
que de prudencia el nombre sacrosanto
a usurpar se atrevió? Yo los desastres
de España comencé y el triste llanto
cuando, espirando en Villalar Padilla,
morir vio en él su libertad Castilla.
Tú los seguiste, y con su fiel Lanuza
cayó Aragón gimiendo. Así arrollados
los nobles fueros, las sagradas leyes
que eran del pueblo fuerza y energía,
¿quién, insensato, imaginar podría
que, en sí abrigando corazón de esclavo,
señor gran tiempo el español sería?
¿Qué importaba después con la victoria
dorar la esclavitud? Esos trofeos
comprados fueron ya con sangre y luto
de la despedazada monarquía.
Mírala entre ellos maldecirme a gritos».
 
Y era así; que agobiada con el peso
de tanto triunfo allí se querellaba
doliente y bella una mujer, y en sangre
toda la pompa militar manchaba.
Él prosiguió:
 

Carlos V
 
                    «¿Las oyes? Esas voces
de maldición y escándalo sonando
de siglo en siglo irán, de gente en gente.
Yo el trono abandoné, te cedí el mando,
te vi reinar... ¡Oh, errores! ¡Oh, imprudente
temeridad! ¡Oh, míseros humanos!
Si vosotros no hacéis vuestra ventura,
¿la lograréis jamás de los tiranos?».
 
Llegaba aquí, cuando de la alta sierra
bramador huracán fue sacudido,
de tempestad horrísona asistido,
para espantar y combatir la tierra.
Derramose furioso por los senos
del edificio; el panteón temblaba;
la esfera toda se asordaba a truenos;
a su atroz estampido
de liar en par abiertas
fueron de la honda bóveda las puertas:
entraron los relámpagos, su lumbre
las sombras disipó, y enmudecido,
y envuelto yo en pavor, cobró el sentido,
cual si con tanta majestad quisiera
solemnizar el cielo
la terrible lección que antes me diera.
 
Manuel José Quintana, en El panteón del Escorial (1805)

17 de agosto de 2022

De las doce a las cuatro había pasado...

De las doce a las cuatro había pasado,
por la quinta carrera el sol corría,
sin que del resplandor que dar solía
muestra de su beldad, luz haya dado.
       
O escondido o transpuesto o de un nublado
negro, lleno de horror, se le cubría
al mísero Vandalio, el cual no vía
sin él por do seguir con su ganado.
 
Llenos de un triste humor tenía los ojos
el cuitado pastor mirando el cielo,
mostrando sin hablar su desventura.
 
Cuando, por renovar viejos enojos,
quitándose y poniendo el sol un velo,
mostró y tornó a esconder su hermosura. 
 
Soneto XXX de Gutierre de Cetina (1520-1557)

16 de agosto de 2022

Rocinante: antes y primero de todos los rocines del mundo

Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit, le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le pondría; porque (según se decía él a sí mesmo) no era razón que caballo de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces; pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre, a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos los rocines del mundo.
 
Miguel de Cervantes, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)

15 de agosto de 2022

El mar. La mar

El mar. La mar.
El mar. ¡Solo la mar!
 
¿Por qué me trajiste, padre,
a la ciudad?
¿Por qué me desenterraste
del mar?
 
En sueños la marejada
me tira del corazón;
se lo quisiera llevar.
 
Padre, ¿por qué me trajiste
acá?
 
Gimiendo por ver el mar,
un marinerito en tierra
iza al aire este lamento:
¡Ay, mi blusa marinera;
siempre me la inflaba el viento
al divisar la escollera! 
 
Rafael Alberti, en Marinero en tierra (1924)