Fue luego a ver su rocín, y aunque tenía más cuartos que un real y más tachas que el caballo de Gonela, que tantum pellis et ossa fuit,
le pareció que ni el Bucéfalo de Alejandro ni Babieca el del Cid con él
se igualaban. Cuatro días se le pasaron en imaginar qué nombre le
pondría; porque (según se decía él a sí mesmo) no era razón que caballo
de caballero tan famoso, y tan bueno él por sí, estuviese sin nombre
conocido; y ansí, procuraba acomodársele de manera que declarase quién
había sido antes que fuese de caballero andante, y lo que era entonces;
pues estaba muy puesto en razón que, mudando su señor estado, mudase él
también el nombre, y le cobrase famoso y de estruendo, como convenía a
la nueva orden y al nuevo ejercicio que ya profesaba; y así, después de
muchos nombres que formó, borró y quitó, añadió, deshizo y tornó a hacer
en su memoria e imaginación, al fin le vino a llamar Rocinante, nombre,
a su parecer, alto, sonoro y significativo de lo que había sido cuando
fue rocín, antes de lo que ahora era, que era antes y primero de todos
los rocines del mundo.
Miguel de Cervantes, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)
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