En los amargos días
Felipe II
El príncipe Carlos
Felipe II
Felipe III
Felipe IV
Carlos II
Felipe II
El príncipe Carlos
Carlos II
Felipe II
Carlos V
que serán luto eterno en la memoria,
y a los siglos remotos indignada
con hiel y llanto pintará la historia;
cuando después de reluchar en vano
con la dura opresión en que gemía
la tierra, sin aliento al yugo indigno
el cuello pusilánime tendía;
al tiempo que el destino,
las espantosas puertas desquiciando
del imperio del mal, sus plagas todas
sobre España lanzaba,
y ella míseramente agonizaba:
yo entonces afligido,
«Pide», dije a mi espíritu, «sus alas
a la paloma tímida, inocente;
tómalas, vuela, y huye a los desiertos,
y vive allí de la injusticia ausente».
Al punto presurosas
mis plantas se alejaron
a las sierras nevadas y fragosas,
lindes eternos de las dos Castillas.
Ya sus cimas hermosas
mi pensamiento alzaban
del fango en que tú, ¡oh, corte!, nos humillas
cuando mis ojos la mansión descubren
que en destinos contrarios
es palacio magnífico a los reyes
y albergue penitente a solitarios.
En vano el genio imitador su gloria
quiso allí desplegar, negando el pecho
a la orgullosa admiración que inspira;
«¡Artes brillantes!», exclamé con ira,
«¡Será que siempre esclavas
os vendáis al poder y a la mentira!
¿Qué vale, ¡oh, Escorial!, que al mundo asombres
con la pompa y beldad que en ti se encierra,
si al fin eres padrón sobre la tierra
de la infamia del arte y de los hombres?
»¡Mas no es tumba también...!». Y en esta idea
embebecido el pensamiento mío,
quise al recinto penetrar, en donde
bajo eterno silencio y mármol frío
la muerte a nuestros príncipes esconde.
«¡Salud, célebres urnas! En el oro,
en las pomposas letras que os coronan,
decidme, ¿qué anunciáis? ¿Tal vez memorias,
memorias, ¡ay!, en que la mente opresa
con el dolor presente
pueda aliviarse al contemplar las glorias
que un tiempo ornaban la española gente?
¡Sepulcros, responded...!». Y de repente
vuélvense de la bóveda las puertas
sobre el sonante quicio estremecido,
la antorcha muere que mis plantas guía,
y embargado el sentido,
mil terribles imágenes se ofrecen
a mi atemorizada fantasía.
Tú que ciñendo de laurel la frente,
con austero semblante
y en perdurable verso
presentas la verdad al universo,
sin que el halago pérfido te vicie
ni el ceño de los déspotas te espante:
¡Oh, Musa del saber!, mi voz te implora;
ven, desata mi labio, en digno acento
dame que pueda revelar ahora
lo que vi, lo que oí, cuánto escondido,
sin que los hombres a entenderlo aspiren,
yace allí entre las sombras y el olvido.
Un alarido agudo, lastimero,
el silencio rompió que hondo reinaba,
mientras las urnas lánguidas alumbraban
pálida luz de fósforo ligero.
Levanto al grito la aterrada frente,
y en medio de la estancia pavorosa
un joven se presenta augusto y bello.
En su lívido cuello
del nudo atroz que le arrancó la vida
aún mostraba la huella sanguinosa;
y una dama a par de él también se vía,
que, a fuer de astro benigno, entre esplendores
con su hermosura celestial sería
del mundo todo adoración y amores.
«¿Quién sois?», iba a decir, cuando a otra parte
alzarse vi una sombra, cuyo aspecto
de odio a un tiempo y horror me estremecía.
El insaciable y velador cuidado,
la sospecha alevosa, el negro encono,
de aquella frente pálida y odiosa
hicieron siempre abominable trono.
La aleve hipocresía,
en sed de sangre y de dominio ardiendo,
en sus ojos de víbora lucía;
el rostro enjuto y míseras facciones
de su carácter vil eran señales,
y blanca y pobre barba las cubría
cual yerba ponzoñosa entre arenales.
Los dos al verle con dolor gimieron:
paráronse, y el joven indignado,
«¿Qué te hicimos? ¡Oh, bárbaro!», exclamaba;
«¿Conoces a tus víctimas? Respeta»,
dijo el espectro, «a quien el ser debiste
por el bien del Estado al fin moriste.
Resígnate».
El príncipe Carlos
«¡Oh, hipócrita! La sombra
de la muerte te oculta, ¿y aún pretendes
fascinar, engañar? Cuando asolados
por tu superstición reinos enteros,
yo los osé compadecer, tú entonces
criminal me juzgaste, y al sepulcro
me hiciste descender. Mas si en el pecho
de un hijo del fanático Felipe
no pudo sin delito haber clemencia,
¿cuál fue, responde, la secreta culpa
de esta infeliz para morir conmigo?
Ni su sangre real, ni el ser tu esposa,
ni su noble candor, ni su hermosura,
de ti pudieron guarecerla».
Un hondo
gemido entonces penetró los aires,
que al desplegar sus labios dio la triste.
Isabel de Valois o de la Paz
«¡Ay —prorumpió—, de la que nace hermosa!
¿Qué la valdrá que en su virtud confíe
si la envidia en su daño no reposa,
y la calumnia hiriéndola se ríe?
Yo di al mundo la paz, Paz me nombraron.
Quise al cruel que se llamó mi esposo
un horror impedir, y este es mi crimen.
Pedí por ti con lágrimas; mis ruegos,
cual si de un torpe amor fuesen nacidos
irritaron su mente ponzoñosa.
La vil sospecha aceleró el castigo,
y sin salvarte, perecí contigo:
¡Ay, infeliz de la que nace hermosa!».
Dijo; y vertiendo lastimoso llanto,
en los hombros del joven reclinada,
sus ojos melancólicos y bellos
fijaba en él, y la amistad más viva,
la más noble piedad reinaba en ellos.
Entre sus manos frías
se miraba la copa envenenada
que terminó sus días,
y el príncipe en las suyas agitando
un sangriento dogal, con faz terrible
a su bárbaro padre atormentaba.
El tirano temblaba; en sordos ecos
desesperados ayes
su boca despedía,
y de sus miembros trémulos
en convulsiones hórridas
brotaba a su despecho la agonía.
«Sí, nacer para el mal, romperse el velo
de la ilusión que arrebató hacia el crimen,
presentes ver las víctimas que gimen,
ser odio, execración del universo,
mirar que niega la implacable suerte
todo retorno al bien; ¡ay!, al perverso
este infierno tal vez en vida alcanza,
si aún le sigue a los reinos de la muerte,
¡qué terrible, oh, virtud, es tu venganza!».
Sobrepujando en fin por un momento
la agitación, y vuelto hacia su hijo:
Felipe II
«Cesa, cruel, de atormentarme», dijo:
«Tu muerte injusta fue; pero el Estado
con ella respiró. Si tú vivieras,
rota la paz, turbada la armonía
de un imperio hasta allí quieto y sereno,
tú profanarás su inocente seno
con la atroz sedición, con la herejía».
El príncipe Carlos
«Mandar, solo mandar, que se estremezca
la tierra a vuestro arbitrio, este es el orden,
esta la ley con que regís al mundo
tú y tus iguales, y al ahogar la vida
de las naciones míseras que os sirven
dais el nombre de paz al desaliento
de la devastación. ¡Oh, de Felipe
hijos, nietos imbéciles, decidle
qué resta ya de la nación que un tiempo
al mundo dominó como señora.
Alzaos del polvo, y respondedle ahora».
A los tremendos ecos
de la imperiosa voz, que resonando
fue como trueno bronco por los huecos
de aquellas tumbas, de repente abiertos
sus mármoles, tres sombras abortaron,
que en vez de amor u horror, desprecio solo
y piedad injuriosa me inspiraron.
Alzaba al cielo sin cesar los ojos
con apariencia mística el primero,
dejando el cetro en tanto por despojos
a un mercenario vil, cuya avaricia,
mientras más atesora, más codicia.
Enjuegos, danzas, farsas distraído,
y al crótalo procaz dando el oído,
el segundo se entrega a los placeres,
y el reino y el deber pone en olvido.
Trémulo el otro respiraba apenas.
¡Oh, Dios! ¿Y esto era rey a tanto imperio?
Nulo igualmente a la virtud que al vicio,
indigno de alabanza o vituperio,
la estrella ingrata que su ser gobierna
le destinó en el mundo
a impotencia oprobiosa, a infancia eterna.
Violos Felipe, y en aquel momento
lució en su faz la majestad pasada.
Violos, y dijo:
Felipe II
«¿Quiénes sois? ¿Qué hicisteis
del inmenso poder que se extendía
con pasmo universal de polo a polo?
Tal os le di muriendo. Al nombre hispano,
a su esplendor y bélica fortuna
tembló el francés, se estremeció el britano,
y te oyó con terror la media luna».
Felipe III
«Yo nací para orar: un solo día
quise mostrarme rey, y de sus lares
a las arenas líbicas lanzados
un millón de mis súbditos se vieron.
Los campos todos huérfanos gimieron,
llora la industria su viudez; ¿qué importa?
Su voz no llegó a mí».
Felipe IV
«Ya el trono de oro,
que a tanto afán alzaron mis abuelos,
debajo de mis pies se derrocaba;
mientras que, embebecido entre festines
yo, olvidando mi oprobio, respiraba
el aura del deleite en los jardines».
Carlos II
«Yo, inútil...».
Felipe II
«Basta ya; ¿quién hay que al verte
pueda ignorar la deplorable suerte
de este imperio, en tus manos moribundo?».
El príncipe Carlos
«Aún no basta; responde: ¿a quién el mundo
te vio dejar el vacilante trono?
¿A quién diste el poder de Austria?».
Carlos II
«A la Francia.»
Felipe II
«¡A la Francia! ¡A esa gente abominable,
eterno horror de la familia mía!
¿Lo oyes, oh, padre? Las legiones fieras,
que en San Quintín triunfaron y en Pavía,
bajo el yugo se ven de los vencidos.
¿Cómo España es tan vil, que lo consienta?
No hay duda, un astro pérfido, inclemente,
se ha complacido en eclipsar mi nombre,
y el mundo en vano me llamó el Prudente».
Así en estos inútiles clamores
su confusión frenético exhalaba,
cuando las losas del sepulcro hendiendo
se vio un espectro augusto y venerable,
que a los demás en majestad vencía.
El águila imperial sobre él tendía
para dosel sus alas esplendentes,
y en arrogante ostentación de gloria
entre sus garras fieras y valientes
el rayo de la guerra arder se vía,
y el lauro tremolar de la victoria.
Un monte de armas rotas y banderas
de bélicos blasones
ante sus pies indómitos yacía
despojo que a su esfuerzo las naciones
vencidas, derrotadas, le rindieron.
Las sombras a su aspecto enmudecieron,
y él, con fiero ademán vuelto al tirano,
dijo:
Carlos V
«¿Por qué culpar a las estrellas
de esa mengua cruel? ¿Por qué te olvidas
de tu ambición fanática y sedienta,
que de prudencia el nombre sacrosanto
a usurpar se atrevió? Yo los desastres
de España comencé y el triste llanto
cuando, espirando en Villalar Padilla,
morir vio en él su libertad Castilla.
Tú los seguiste, y con su fiel Lanuza
cayó Aragón gimiendo. Así arrollados
los nobles fueros, las sagradas leyes
que eran del pueblo fuerza y energía,
¿quién, insensato, imaginar podría
que, en sí abrigando corazón de esclavo,
señor gran tiempo el español sería?
¿Qué importaba después con la victoria
dorar la esclavitud? Esos trofeos
comprados fueron ya con sangre y luto
de la despedazada monarquía.
Mírala entre ellos maldecirme a gritos».
Y era así; que agobiada con el peso
de tanto triunfo allí se querellaba
doliente y bella una mujer, y en sangre
toda la pompa militar manchaba.
Él prosiguió:
Carlos V
«¿Las oyes? Esas voces
de maldición y escándalo sonando
de siglo en siglo irán, de gente en gente.
Yo el trono abandoné, te cedí el mando,
te vi reinar... ¡Oh, errores! ¡Oh, imprudente
temeridad! ¡Oh, míseros humanos!
Si vosotros no hacéis vuestra ventura,
¿la lograréis jamás de los tiranos?».
Llegaba aquí, cuando de la alta sierra
bramador huracán fue sacudido,
de tempestad horrísona asistido,
para espantar y combatir la tierra.
Derramose furioso por los senos
del edificio; el panteón temblaba;
la esfera toda se asordaba a truenos;
a su atroz estampido
de liar en par abiertas
fueron de la honda bóveda las puertas:
entraron los relámpagos, su lumbre
las sombras disipó, y enmudecido,
y envuelto yo en pavor, cobró el sentido,
cual si con tanta majestad quisiera
solemnizar el cielo
la terrible lección que antes me diera.
Manuel José Quintana, en El panteón del Escorial (1805)
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