30 de noviembre de 2023

Mi religión es el amor

Poeta en un jardín, de Alí de Golconda

Hubo un tiempo,
en el que rechazaba a mi prójimo
si su fe no era la mía.
Ahora mi corazón es capaz
de adoptar todas las formas:
es un prado para las gacelas
y un claustro para los monjes cristianos,
templo para los ídolos
y la Kaaba para los peregrinos;
es recipiente para las tablas de la Torá
y los versos del Corán.
Porque mi religión es el amor.
Da igual,
a dónde vaya la caravana del amor,
su camino es la senda de mi fe.
 
Ibn Arabi de Murcia (1165-1240)

24 de noviembre de 2023

Un corazón más duro que las nueces

En realidad, si Marie no quería separarse de la mesa de los regalos era porque acababa de descubrir algo de lo que aún no se habían percatado. Al retirar los húsares de Fritz, que habían estado en formación muy cerca del árbol, había quedado a la vista un hombrecillo magnífico que, modesto y en silencio, estaba allí como esperando tranquilamente a que le tocara el turno. Sobre su figura había mucho que objetar, pues aun sin tener en cuenta que el torso, algo largo y fuerte, parecía no querer concordar con sus piernecillas, cortas y delgadas, la cabeza era también demasiado grande. Mucho de esto lo mejoraba la correcta vestimenta que permitía deducir que se trataba de un hombre culto y de buen gusto. Pues llevaba una linda chaquetita de húsar de un brillante color violeta con muchos cordones y botoncitos blancos, pantalones a juego y las botitas más lindas que jamás hayan calzado los pies de un estudiante, ni siquiera de un oficial. Estaban tan ajustadas a las delicadas piernecitas que parecían pintadas. No obstante, resultaba curioso que, con esa ropa, llevara colgada a la espalda una capa estrecha y pesada, que parecía de madera y se hubiera calado una gorrita de minero, pero Marie pensó que el padrino Drosselmeier también llevaba un batín horrible y se calaba una gorra espantosa. Marie también observó que el padrino Drosselmeier, por mucho que actuara con la misma delicadeza que el pequeño, nunca estaría tan guapo como él. Marie, según seguía contemplando al simpático hombrecillo, al que había cogido cariño a primera vista, fue percatándose de la bondad que asomaba a su rostro. Sus ojos verde claro, algo saltones, no expresaban más que amistad y bondad. Al hombre le sentaba bien una barba bien rasurada, de algodón blanco, que enmarcaba su barbilla, pues hacía resaltar aún más la dulce sonrisa de sus rojos labios.

—¡Ay! —exclamó finalmente Marie—. ¡Ay, papá querido! ¿De quién es ese adorable muñeco que hay allí bajo el árbol?

—¿Ese? —respondió el padre—. Ese, mi querida hija, va a tener que trabajar con gran habilidad para todos vosotros, tendrá que macharos las duras nueces y es tan de Luise como tuyo y de Fritz.

Y diciendo esto lo cogió con cuidado de la mesa y, al tiempo que levantaba la capa de madera, el hombrecillo abrió mucho mucho la boca y dejó ver dos filas de dientecillos blancos y afilados. Por indicación de su padre, Marie metió una nuez y, ¡crac!, el hombrecillo la abrió y las cáscaras cayeron, y el dulce fruto fue a parar a manos de Marie. Entonces todos, incluida Marie, supieron que el delicado hombrecillo procedía de la estirpe de los cascanueces y ejercía la profesión de sus antepasados. Empezó a dar gritos de alegría y el padre dijo:

—Querida Marie, como te gusta tanto el amigo Cascanueces, tú, en particular, te encargarás de cuidarlo y protegerlo, aunque, como he dicho, Luise y Fritz pueden utilizarlo con igual derecho que tú.

Marie lo cogió de inmediato y le hizo cascar algunas nueces, pero escogía las más pequeñas para que el hombrecillo no tuviera que abrir mucho la boca, cosa que, en el fondo, no le sentaba muy bien. Luise se unió a ella y también a esta tuvo que prestarle sus servicios el amigo Cascanueces, lo cual parecía hacer de buena gana, puesto que no dejaba de sonreír amablemente. Entretanto Fritz se había cansado de tanta instrucción y tanto cabalgar, y como oyera cascar las nueces entre tanta alegría, fue corriendo adonde estaban sus hermanas, riéndose de corazón del divertido hombrecillo que ahora, como Fritz también quería comer nueces, iba de mano en mano sin dejar de abrir y cerrar la boca. Fritz le metía siempre las nueces más grandes y más duras, así que de repente se oyó un «crac, crac» y tres dientecitos cayeron de la boca del cascanueces y toda la mandíbula inferior quedó suelta, colgando.

—¡Ay, mi pobre..., mi querido Cascanueces! —gritó Marie quitándoselo a Fritz de las manos.

—Pues vaya un tipo más tonto y más ridículo —dijo Fritz—. Quiere ser cascanueces y ni siquiera tiene una dentadura en condiciones... Seguro que no sabe nada de su oficio... ¡Dámelo, Marie! Va a cascarme las nueces aunque pierda los demás dientes, incluso toda la mandíbula. ¿Qué importa este inútil?

—No, no —gritó Marie entre sollozos—, no te lo doy, mi querido Cascanueces. ¡Mira lo triste que me observa y cómo me enseña su boca herida! Pero tú tienes el corazón muy duro..., pegas a tus caballos y ordenas que fusilen a tus soldados.
 
Ernest T. A. Hoffman, en Cascanueces y el rey Ratón (1816, traducido por Isabel Hernández)

20 de noviembre de 2023

El pájaro yo

Portada de la primera edición de Arte de pájaros

Me llamo pájaro Pablo,
ave de una sola pluma,
volador de sombra clara
y de claridad confusa,
las alas no se me ven,
los oídos me retumban
cuando paso entre los árboles
o debajo de las tumbas
cual un funesto paraguas
o como una espada desnuda,
estirado como un arco
o redondo como una uva,
vuelo y vuelo sin saber,
herido en la noche oscura,
quiénes me van a esperar,
quiénes no quieren mi canto,
quiénes me quieren morir,
quiénes no saben que llego
y no vendrán a vencerme,
a sangrarme, a retorcerme
o a besar mi traje roto
por el silbido del viento.
Por eso vuelvo y me voy,
vuelo y no vuelo pero canto:
soy el pájaro furioso
de la tempestad tranquila.
 
Pablo Neruda, en Arte de pájaros (1966)

19 de noviembre de 2023

Desvaído, a


Después de un tiempo en los bosques, gateando a través de las hojas húmedas y de la fría lluvia primaveral, adaptando el oído a la más leve crispación del aire, al polen dispersándose, a todos los ruidos y olores, la joven Ina empezó a desarrollar una soltura asombrosa para el canto de los pájaros. Era capaz de interpretar cada pío y cada gorjeo. Era aquel lenguaje lo que la guiaba hacia los charcos poco profundos de rocío cuando estaba sedienta o hasta alguna babosa cuando necesitaba alimento. Terminó entendiendo el mundo a través de los sonidos y los ecos, confiando en ellos para saber dónde buscar bayas, dónde cavar para encontrar trufas o zanahorias silvestres o patatas, dónde encontrar refugio en la tormenta. No tardó mucho en olvidarse del aspecto que tenían las cosas. En cierta manera, el olvido borró su pena. Se olvidó de la cara de sus padres. Se convirtieron, en su mente, en ideas perdidas; sus hermanas muertas, en sueños desvaídos. Por lo tanto, la oscuridad fue un beneficio para el corazón de Ina.
 
Un día encontró una caverna oculta tras un sauce y la convirtió en su casa durante décadas. En aquel tiempo, Ina se volvió una experta en supervivencia escuchando a los pájaros, que la amaban. Vivió durante años a base de setas, manzanas silvestres, huevos y lluvia. Tranquilamente, casi feliz. Hacía fogatas, dormía acurrucada en la oscuridad sobre montones de hojas de sauce, armada contra cualquier cosa del exterior salvo los pájaros, que le cantaban canciones y le quitaban los bichitos del pelo. No pensaba en la gente de su pasado, solo en el movimiento del aire y en la sombra de los sonidos que transportaba. Muy a menudo, oía los llantos de los bebés lamentándose.

Ottessa Moshfegh, en Lapvona (2022, traducido por Inmaculada C. Pérez Parra)

18 de noviembre de 2023

El árabe: un generoso hermano mayor

La presencia musulmana en España, iniciada en el año 711 d. C. (92 de la hégira) y prolongada durante siglos, ha permitido una larga convivencia y la consiguiente influencia mutua entre las culturas islámica y cristiana en la península ibérica. De esta circunstancia ha surgido la singularidad —única en la historia de las lenguas europeas— de que el árabe asistió al nacimiento y escuchó los primeros balbuceos del español, ejerciendo hacia él, por así decirlo, las veces de generoso hermano mayor. Cuando el idioma castellano daba sus primeros y titubeantes pasos en los rudos reinos cristianos septentrionales, la cultura y la lengua árabes —que vivían, en el califato de Córdoba, un espléndido florecimiento— le ofrecieron materiales e ideas con los que nutrirse y modelarse, prestándole conceptos filosóficos, matemáticos, astronómicos y médicos que le permitieron situarse, gracias en concreto a la labor de la Escuela de Traductores (árabes, judíos y cristianos) de Toledo y de las traducciones de Alfonso X el Sabio, en la vanguardia intelectual de las lenguas romances, trasvasándole varios miles de sus más bellos términos, muchos de ellos índole acendradamente coránica. Las primeras composiciones poéticas de aquel incipiente protoespañol llegadas hasta nosotros, conocidas bajo el nombre de «jarchas», son ejemplos de canciones líricas con acusadas influencias árabes.

Podrían, incluso, atribuirse a esta presencia e influencia islámicas ciertos comportamientos o actitudes de espíritu considerados característicos de la sociedad española, como el elevado sentido de la hospitalidad o la actitud de sumisa aceptación de los acontecimientos, sobre todo de los aciagos, como venidos de la mano de Dios.

Manel Díaz, en su prólogo para la versión española del Corán de Bahige Mulla Huech

14 de noviembre de 2023

Padre y madre

Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca supo detenerse en el justo medio, pasó del Año Cristiano a Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que solo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que «padre» y «madre» eran cosa de brutos, y que a «papá» y «mamá» se les debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros a los segundos): verdades todas que respeto tanto o más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.
 
Mariano José de Larra, en El Pobrecito Hablador, n.º 7, 30 de noviembre de 1832

12 de noviembre de 2023

Y siempre fue de pereza

Mariano José de Larra, de José Gutiérrez de la Vega

Finalmente, después de medio año largo, si es que puede haber un medio año más largo que otro, se restituyó mi recomendado a su patria maldiciendo de esta tierra, y dándome la razón que yo ya antes me tenía, y llevando al extranjero noticias excelentes de nuestras costumbres; diciendo sobre todo que en seis meses no había podido hacer otra cosa sino «volver siempre mañana», y que a la vuelta de tanto «mañana», eternamente futuro, lo mejor, o más bien lo único que había podido hacer bueno, había sido marcharse.

¿Tendrá razón, perezoso lector (si es que has llegado ya a esto que estoy escribiendo), tendrá razón el buen monsieur Sans-délai en hablar mal de nosotros y de nuestra pereza? […] Dejemos esta cuestión para mañana, porque ya estarás cansado de leer hoy: si mañana u otro día no tienes, como sueles, pereza de volver a la librería, pereza de sacar tu bolsillo, y pereza de abrir los ojos para hojear las hojas que tengo que darte todavía, te contaré cómo a mí mismo, que todo esto veo y conozco y callo mucho más, me ha sucedido muchas veces, llevado de esta influencia, hija del clima y de otras causas, perder de pereza más de una conquista amorosa; abandonar más de una pretensión empezada, y las esperanzas de más de un empleo, que me hubiera sido acaso, con más actividad, poco menos que asequible; renunciar, en fin, por pereza de hacer una visita justa o necesaria, a relaciones sociales que hubieran podido valerme de mucho en el transcurso de mi vida; te confesaré que no hay negocio que no pueda hacer hoy que no deje para mañana; te referiré que me levanto a las once, y duermo siesta; que paso [...] hablando o roncando, como buen español, las siete y las ocho horas seguidas; [...] que muchas noches no ceno de pereza, y de pereza no me acuesto; en fin, lector de mi alma, te declararé que de tantas veces como estuve en esta vida desesperado, ninguna me ahorqué y siempre fue de pereza.

Mariano José de Larra, en El Pobrecito Hablador, n.º 11, enero de 1833

6 de noviembre de 2023

Un escombro tenaz


Para que yo me llame Ángel González, 
para que mi ser pese sobre el suelo,
fue necesario un ancho espacio
y un largo tiempo:
hombres de todo mar y toda tierra,
fértiles vientres de mujer, y cuerpos
y más cuerpos, fundiéndose incesantes
en otro cuerpo nuevo.
Solsticios y equinoccios alumbraron
con su cambiante luz, su vario cielo,
el viaje milenario de mi carne
trepando por los siglos y los huesos.
De su pasaje lento y doloroso
de su huida hasta el fin, sobreviviendo
naufragios, aferrándose
al último suspiro de los muertos,
yo no soy más que el resultado, el fruto,
lo que queda, podrido, entre los restos;
esto que veis aquí,
tan solo esto:
un escombro tenaz, que se resiste
a su ruina, que lucha contra el viento,
que avanza por caminos que no llevan
a ningún sitio. El éxito
de todos los fracasos. La enloquecida
fuerza del desaliento...
 
Ángel González (1925-2008)