19 de noviembre de 2023

Desvaído, a


Después de un tiempo en los bosques, gateando a través de las hojas húmedas y de la fría lluvia primaveral, adaptando el oído a la más leve crispación del aire, al polen dispersándose, a todos los ruidos y olores, la joven Ina empezó a desarrollar una soltura asombrosa para el canto de los pájaros. Era capaz de interpretar cada pío y cada gorjeo. Era aquel lenguaje lo que la guiaba hacia los charcos poco profundos de rocío cuando estaba sedienta o hasta alguna babosa cuando necesitaba alimento. Terminó entendiendo el mundo a través de los sonidos y los ecos, confiando en ellos para saber dónde buscar bayas, dónde cavar para encontrar trufas o zanahorias silvestres o patatas, dónde encontrar refugio en la tormenta. No tardó mucho en olvidarse del aspecto que tenían las cosas. En cierta manera, el olvido borró su pena. Se olvidó de la cara de sus padres. Se convirtieron, en su mente, en ideas perdidas; sus hermanas muertas, en sueños desvaídos. Por lo tanto, la oscuridad fue un beneficio para el corazón de Ina.
 
Un día encontró una caverna oculta tras un sauce y la convirtió en su casa durante décadas. En aquel tiempo, Ina se volvió una experta en supervivencia escuchando a los pájaros, que la amaban. Vivió durante años a base de setas, manzanas silvestres, huevos y lluvia. Tranquilamente, casi feliz. Hacía fogatas, dormía acurrucada en la oscuridad sobre montones de hojas de sauce, armada contra cualquier cosa del exterior salvo los pájaros, que le cantaban canciones y le quitaban los bichitos del pelo. No pensaba en la gente de su pasado, solo en el movimiento del aire y en la sombra de los sonidos que transportaba. Muy a menudo, oía los llantos de los bebés lamentándose.

Ottessa Moshfegh, en Lapvona (2022, traducido por Inmaculada C. Pérez Parra)

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