Como yo el sin ventura padeçiente por amar errase por la escura selva de mis pensamientos al punto que los montes Crimios consagrados al alto Apolo, que es el sol, atiende su resplandor, vagando por la desierta e solitaria contemplaçión arribé con grand fortuna a los tres caminos que son tres varios pensamientos que departen las tres árbores consagradas en el jardín de la ventura, que trayendo mis lientos passos por verdura sin ningún esperança de amor secavan las yervas por donde alcançavan mis pisadas. El lindo arrayán consagrado a la deesa Venus que era en la espaciosa vía de bien amar, en punto que sobre mí tendió las verdes ramas fue despojado de su vestidura; e la verde oliva consagrada a la deessa Minerva que era en la angosta senda la qual es la vida contemplativa de no amar, no padeció más verdes fojas e el ruiseñor que a la sazón cantava trocó el breve con el triste atrono. Las ledas aves gritaderas mudaron los sus dulçes cantos en gritos e passibles lays; todas las criaturas que eran enverso de mí padeçieron eclipsi por diversas figuras. Es de maravillar que aun el trabajado portante en las partes de Italia conocido por el alazán fue tornado del sol, que es oy día del triste color de todas mis ropas; tanto que yo dubdava de lo conocer. Y mirando en la corteza de las árbores fallava devisado mi mote, en fin de los dos lemes raído el estede, escripto por letras: INFORTUNE.
E yo solo que estava en poder de la grand tristura, vistas las mudas aves, criaturas, plantas non sentibles en tal mudança de su proprio ser por causa mía, fue alterado fuera de mí e mi libre alvedrío, guardián de los caminos que son todos pensamientos, partido de la compañía, no tardó seguir la desçendiente vía que es la desperaçión que enseñava el árbor pópulo que es álbor de paraíso consagrado a Hércoles por la guirnalda de sus blancas fojas, que pasó al reino de las tiniebras donde las medias partes, brasadas de las bivas llamas, tornaron escuras según que pareçen. E guardado por el entendimiento que de grandes días, airado de mí, solo andava por la montaña, rogávale que no dubdase de lo seguir e que promesa fazía a la casta Diana deesa de las bestias fieras, de no fallir la tenebrosa vía y fielmente la guiar a los Campos Ilíasos donde corre aquel río Letheo cuyas aguas, venido en gusto del furioso amador, trahen consigo la olvidança, solo reparo que dezía fallar a mis penas.
📔 Juan Rodríguez del Padrón, en Siervo libre de amor (h. 1439)

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