—Lea más vuestra merced —dijo Sancho—, que ya hallará algo que nos satisfaga.
Volvió la hoja don Quijote y dijo:
—Esto es prosa y parece carta.
—¿Carta misiva, señor? —preguntó Sancho.
—En el principio no parece sino de amores —respondió don Quijote.
—Pues lea vuestra merced alto —dijo Sancho—, que gusto mucho destas cosas de amores.
—Que me place —dijo don Quijote.
Y leyéndola alto, como Sancho se lo había rogado, vio que decía desta manera:
Tu falsa promesa y mi cierta desventura me llevan a parte donde antes volverán a tus oídos las nuevas de mi muerte que las razones de mis quejas. Desechásteme, ¡oh, ingrata!, por quien tiene más, no por quien vale más que yo; mas si la virtud fuera riqueza que se estimara, no envidiara yo dichas ajenas ni llorara desdichas propias. Lo que levantó tu hermosura han derribado tus obras: por ella entendí que eras ángel y por ellas conozco que eres mujer. Quédate en paz, causadora de mi guerra, y haga el cielo que los engaños de tu esposo estén siempre encubiertos, porque tú no quedes arrepentida de lo que heciste y yo no tome venganza de lo que no deseo.
Acabando de leer la carta, dijo don Quijote:
—Menos por esta que por los versos se puede sacar más de que quien la escribió es algún desdeñado amante.
Y hojeando casi todo el librillo, halló otros versos y cartas, que algunos pudo leer y otros no; pero lo que todos contenían eran quejas, lamentos, desconfianzas, sabores y sinsabores, favores y desdenes, solenizados los unos y llorados los otros.
📔 Miguel de Cervantes, en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605)

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