La puerta de nuestra casa nos protegía también de los extranjeros que estaban a pocos metros de distancia, en otra frontera igualmente concurrida y peligrosa: la que separaba nuestra ciudad antigua, la Medina, de la nueva ciudad francesa, la Ville Nouvelle. En ocasiones, cuando Ahmed estaba hablando con alguien o dormitaba, mis primos y yo nos escabullíamos por la puerta para echar una ojeada a los soldados franceses. Vestían uniforme azul, llevaban fusil al hombro y tenían los ojos pequeños, grises y siempre alerta. A menudo intentaban hablar con nosotros porque los adultos apenas si les dirigían la palabra, pero nos habían ordenado que nunca les contestáramos. Sabíamos que los franceses eran codiciosos y que habían recorrido un largo camino para conquistar nuestra tierra, aunque Alá ya les había dado a ellos una tierra preciosa, con ciudades bulliciosas, bosques frondosos, preciosos campos verdes y vacas mucho más grandes que las nuestras y que daban cuatro veces más leche. Pero por alguna razón a los franceses todo aquello no les bastaba.
Fátima Mernissi, en Sueños en el umbral (1994)