Dice el cuento que en tiempo del infante don Fernando, que ganó en Antequera, fue un caballero que se llamó Rodrigo de Nárvaez, notable en virtud y hechos de armas. Este, peleando contra moros, hizo cosas de mucho esfuerço, y particularmente en aquella empresa y guerra de Antequera, hizo hechos dignos de perpetua memoria, sino que esta nuestra España tiene en tan poco el esfuerço (por serle tan natural y ordinario) que le paresce, que quanto se puede hacer es poco, no como aquellos romanos y griegos, que al hombre que se aventuraba a morir una vez en toda la vida le hacían en sus escriptos inmortal, y le trasladaban en las estrellas. Hizo, pues, este caballero tanto en servicio de su ley, y de su Rey, que después de ganada la villa, le hizo alcaide de ella: para que, pues había sido tanta parte en ganalla, lo fuesse en defendella. Hízole también alcaide de Álora, de suerte que tenía a cargo ambas fuerças, repartiendo el tiempo en ambas partes, y acudiendo siempre a la mayor necessidad. Lo más ordinario residía en Álora, y allí tenía cinquenta escuderos hijosdalgo a los gajes del rey, para la defensa y seguridad de la fuerça; y este número nunca faltaba, como los inmortales del rey Darío, que en muriendo uno, ponían otro en su lugar. Tenían todos ellos tanta fe y fuerça en la virtud de su capitán, que ninguna empresa se les hacía difícil: y assí no dexaban de ofender a sus enemigos y defenderse de ellos, y en todas las escaramuças que entraban salían vencedores, en lo qual ganaban honra y provecho, de que andaban siempre ricos. Pues una noche acabando de cenar, que hacía el tiempo muy sossegado, el alcaide dixo a todos ellos estas palabras:
«Parésceme, hijosdalgo (señores y hermanos míos), que ninguna cosa despierta tanto los coraçones de los hombres como el continuo exercicio de las armas: porque con él se cobra experiencia en las propias y se pierde miedo a las ajenas. Y de esto no hay para qué yo traiga testigos de fuera, porque vosotros sois verdaderos testimonios. Digo esto, porque han passado muchos días que no hemos hecho cosa que nuestros nombres acresciente, y sería dar yo mala cuenta de mí y de mi oficio, si teniendo a cargo tan virtuosa gente y valiente compañía, dexasse passar el tiempo en balde. Parésceme (si os paresce), pues la claridad y seguridad de la noche nos convida, que será bien dar a entender a nuestros enemigos que los valedores de Álora no duermen. Yo os he dicho mi voluntad, hágase lo que os paresciere».
Antonio de Villegas, en El abencerraje y la hermosa Jarifa (1561)
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